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Ben Dunlap habla acerca de una vida apasionada – Charla TED2007

Charla «Ben Dunlap habla acerca de una vida apasionada» de TED2007 en español.

Ben Dunlap, presidente de Wofford College, cuenta la historia de Sandor Teszler, un húngaro sobreviente del Holocausto, quien le enseñó acerca de vivir apasionadamente y aprendiendo continuamente.

  • Autor/a de la charla: Bernie Dunlap
  • Fecha de grabación: 2007-03-03
  • Fecha de publicación: 2008-01-23
  • Duración de «Ben Dunlap habla acerca de una vida apasionada»: 1148 segundos

 

Traducción de «Ben Dunlap habla acerca de una vida apasionada» en español.

«¡Yo napot, pacak!» Que, como alguien aquí debe saber, significa «¿Qué pasa, compadres?» en Magyar, ese peculiar lenguaje no-Indo-Europeo hablado por los húngaros — del cual, dado el hecho de que la diversidad cognitiva está por lo menos tan amenazada como lo está la biodiversidad en la tierra, pocos podrían haberle imaginado un largo futuro incluso hace un siglo o dos atrás.

Pero ahí sigue estando: «¡Yo napot, pacak!» Digo que alguien aquí debe saber, ya que descontando que de partida no hay muchos húngaros, y además que, según lo que conozco, no tengo una gota de sangre húngara corriendo por mis venas, en cada punto crítico de mi vida he tenido un amigo o mentor húngaro a mi lado.

Incluso tengo sueños que transcurren en lugares que reconozco como los lugares de películas húngaras, en especial las peliculas iniciales de Miklos Jancso.

¿Entonces cómo explico esta misteriosa afinidad? Quizás es porque Carolina del Sur, el estado donde nací, el cual no es mucho más pequeño que Hungría hoy en día, alguna vez imaginó su futuro como un país independiente.

Y como consecuencia de esa presunción, el pueblo donde nací fue quemado por un ejército invasor, una experiencia por la cual han pasado muchas ciudades y pueblos húngaros durante su larga y turbulenta historia.

O quizás es porque cuando era un adolescente, en los años 50, mi tío Henry, habiendo denunciado al Ku Klux Klan — y debido a eso habiendo sido objeto de bombas y cruces quemadas en su patio — viviendo bajo amenaza de muerte, se llevó a su familia a Massachusetts por seguridad y volvió a Carolina del Sur a enfrentarse solo al Klan.

Lo que hizo fue algo muy húngaro, tal como lo confirmará cualquiera que recuerde 1956.

Y, por supuesto, cada cierto tiempo los húngaros han inventado sus propios símiles al Klan.

Bueno, me parece que esta presencia húngara en mi vida es difícil de identificar, pero la endoso finalmente a una admiración por un pueblo con una identidad moral complicada — con una herencia de culpa y derrotismo igualada por su bravura y actitud desafiante.

No es una actitud de vida típica para la mayoría de los americanos.

Pero sí lo es para virtualmente todos los húngaros.

Entonces, «¡Yo napot, pacak!» Volví a Carolina del Sur luego de algunos 15 años en el maíz foráneo, ya para fines de los años 60, con la altanería irresponsable de esa era, pensando que podía salvar a mi gente.

Sin importar el hecho de que les costara entender que necesitaban salvarse.

Laboré en esa viña por un cuarto de siglo antes de tomar rumbo hacia un pequeño reino de los justos en el norte de Carolina del Sur, una institución secundaria afiliada a los metodistas Wofford College.

No conocía nada sobre Wofford y menos sobre el Metodismo pero me dio seguridad encontrar, el primer día que di clases allí, entre los oyentes de mi clase a un húngaro de 90 años rodeado de un grupo de señoras europeas de mediana edad que parecían funcionar como un séquito de hijas del Rin.

Su nombre era Sandor Teszler.

Era un viudo de carácter vivaz, cuya esposa e hijos habían muerto y cuyos nietos vivían muy lejos.

Se parecía a Mahatma Gandhi — sin el taparrabo y con botas ortopédicas.

Había nacido en 1903 en las provincias del viejo imperio Austro-Húngaro, en lo que después pasaría a ser Yugoslavia.

Cuando era niño fue ignorado, no porque fuera judío — de todos maneras sus padres no eran muy religiosos — sino porque había nacido con sus dos pies deformados, lo que en esos tiempos requería de institucionalización y de una serie de dolorosas operaciones entre las edades de 1 y 11 años.

En su juventud fue a un colegio especializado en negocio comercial en Budapest.

Y allí fue tan inteligente al igual que modesto y disfrutó de un éxito considerable, y después de graduarse cuando entró a ingeniería textil, su éxito prosiguió.

Construyó una fábrica después de otra.

Se casó y tuvo dos hijos.

Tenía amigos en altos cargos quienes le aseguraban que él era de gran importancia para la economía.

Una vez, el guardián nocturno de una de sus fábricas lo llamó, tal como él le había instruido, en la mitad de la noche.

El guardián nocturno había atrapado a un empleado que estaba robando medias — era una fábrica de medias, y simplemente había retrocedido su camión a la plataforma de carga y estaba metiéndole montañas de medias.

El señor Teszler fue a la fábrica y se enfrentó al ladrón y le dijo: «¿Pero por qué me robas a mí? Si necesitabas sólo debías pedírmelo.» El guardián nocturno, indignado por las cosas que estaban pasando, dijo: «Bueno, vamos a llamar a la policía, ¿correcto?» Pero el señor Teszler le contestó: «No, eso no será necesario.

No nos robará de nuevo.» Bueno, quizás confiaba demasiado en la gente, ya que se quedó donde estaba mucho después de la anexión de Austria por los Nazis, e incluso después de que comenzaron los arrestos y deportaciones en Budapest.

Él tomó la simple precaución de tener colgantes con cápsulas de cianuro para ponerse en su cuello y en los de sus familiares.

Y entonces, un día, sucedió lo esperado: él y su familia fueron arrestados y llevados a una casa de muerte en el Danubio.

En esos días cuando recién comenzaba la Solución Final,la brutalidad era manual — las personas eran golpeadas hasta morir y luego sus cuerpos eran tirados al río — pero ninguno de los llevados a la casa de muerte habian salido vivos.

Y en un giro que no creerían en una película de Steven Spielberg, el líder de que supervisaba esta golpiza brutal era el mismo ladrón que había robado los calcetines de la fábrica de medias del señor Teszler.

Fue una golpiza brutal.

Y en medio de ese brutalidad, Andrew, uno de los hijos del señor Teszler lo miró y le dijo: «Papá, ¿es hora de tomarse la cápsula?» Y el líder de zona, que posteriormente desaparece de esta historia, se inclinó y le susurró al oído del señor Teszler: «No, no se tome la cápsula.

La ayuda viene en camino.» Y después siguió con la golpiza.

Pero la ayuda — la ayuda venía en camino, y un poco después llegó un auto de la Embajada Suiza.

Fueron llevados a un lugar seguro.

Los reclasificaron como ciudadanos yugoslavos y consiguieron mantenerse un paso más adelante que sus perseguidores durante toda la guerra, sobreviviendo incendios y bombardeos y, al término de la guerra, el arresto por los Soviéticos.

El señor Teszler probablemente alcanzó a poner algo de en cuentas bancarias suizas ya que logró llevar a su familia primero a Gran Bretaña, después a Long Island y por último al centro de la industria textil en el sur de Estados Unidos.

Lo que, gracias a la suerte del azar, fue Spartanburg en Carolina del Sur: que es la ubicación de Wofford College.

Y allí el señor Teszler comenzó de cero nuevamente, y una vez más logró tremendo éxito, sobretodo después que inventó un proceso, para fabricar una nueva tela, llamado doble cosido.

Y entonces — ya a finales de los años 50, cuando había terminado el caso de Brown contra la Junta de Educación, cuando el Klan resurgía por todo el sur de Estados Unidos, el señor Teszler dijo: «Yo ya he escuchado estas palabras».

Y llamó a su asesor más importante y le preguntó: «En esta región, ¿dónde dirías tú que el racismo es más marcado?» «Bueno, señor Teszler, no estoy muy seguro.

Supongo que sería en Kings Mountain.» «Muy Bien.

Compra un terreno en Kings Mountain y luego avísale a todos que vamos a construir una gran fábrica allí.» El siguió las instrucciones, y poco después el señor Teszler recibió una visita del alcalde blanco de Kings Mountain.

Ahora, debo contarles que en esa época la industria textil del sur era notoriamente segregada.

El alcalde blanco visitó al señor Teszler y le dijo: «Señor Teszler, supongo que contratará a muchos obreros blancos.» Y el señor Teszler le respondió: «Tráigame los mejores obreros que encuentre y si son lo suficientemente buenos los contrataré».

También recibió una visita del líder de la comunidad negra, un párroco, quien le dijo: «Señor Teszler, espero que contrate a obreros negros para esta nueva fábrica suya.» Recibió la misma respuesta: «Tráigame los mejores obreros que encuentre y si son lo suficientemente buenos los contrataré».

Y sucede que el párroco negro hizo su trabajo mejor que lo que hizo el alcalde blanco, pero eso no influye en esta historia.

El señor Teszler contrató a 16 hombres, ocho blancos y ocho negros.

Estos debían ser su grupo base, sus futuros capataces.

Ya había instalado la maquinaria pesada para este nuevo proceso en una bodega abandonada en las afueras de Kings Mountain, y por dos meses estos 16 hombres debían vivir y trabajar juntos haciéndose expertos en este nuevo proceso.

Después de una visita inicial al lugar los juntó a todos y les preguntó si tenían preguntas.

Hubo cascarreo de gargantas y movimientos incómodos hasta que uno de los obreros blancos dio un paso adelante y dijo: «Bueno, sí.

Hemos estado mirando este sitio — y sólo hay un lugar donde dormir, sólo hay un lugar donde comer, sólo hay un baño, sólo hay una fuente de agua.

¿Esta fábrica va a ser integrada, o qué? El señor Teszler les dijo: «Ustedes están recibiendo el doble del sueldo que el resto de los obreros textiles de la región, y así es como vamos a trabajar.

¿Alguna otra pregunta?» «No, supongo que no.» Y dos meses después, cuando la fábrica principal comenzó a funcionar y cientos de nuevos obreros, blancos y negros, se abalanzaron sobre la fábrica para verla por primera vez, se encontraron con los 16 capataces, blancos y negros, parados hombro a hombro.

Visitaron el sitio y les preguntaron si tenían alguna pregunta que hacer.

E inevitablemente, surgió la misma pregunta: «¿Esta fábrica es integrada, o qué?» Uno de los capataces blancos dio un paso adelante y dijo: «Ustedes están recibiendo el doble del sueldo que el resto de los obreros de esta industria en la región y así es como trabajaremos.

¿Tienen alguna otra pregunta?» Y no hubo más preguntas.

De un solo acto, el señor Teszler había integrado la industria textil en esa parte del sur.

Fue un logro digno de Mahatma Gandhi, realizado con la perspicacia de un abogado y el idealismo de un santo.

Ya pasados sus 80 años, el señor Teszler, habiéndose retirado de la industria textil adoptó a Wofford College — oyendo cursos todos los semestres.

Y, dado que tenía una tendencia a besar todo lo que se moviese, se hizo cariñosamente conocido como Opi — que significa abuelo en Magyar — por todo el mundo.

Para cuando yo llegué allí, la biblioteca de la universidad había sido rebautizada como el señor Teszler y luego, en 1993, la facultad decidió honrarse a sí misma nombrando al señor Teszler como profesor.

En parte porque para ese punto ya había tomado todos los cursos del catálogo, pero principalmente porque era conspicuamente tanto más sábio que todo el resto de nosotros.

A mí me daba una inmensa seguridad que el espíritu que presidía esta pequeña universidad Metodista en el norte de Carolina del Sur era un europeo sobreviviente del holocausto.

De seguro era sabio, pero también tenía un maravilloso sentido del humor.

Y una vez, para una clase interdisciplinaria estaba proyectando el segmento inicial de «El Séptimo Sello» de Ingmar Bergman.

Mientras el caballero medieval Antonius Blok regresó de la odisea de las cruzadas y llegó a la costa rocosa de Suecia, sólo para encontrar el espectro de la muerte esperándolo, el señor Teszler estaba sentado en la oscuridad con sus compañeros de curso.

Y cuando la muerte abrió su traje para abrazar al caballero en un abrazo terrible, escuché la voz trémula del señor Teszler: «Oh, oh», dijo él, «Esto no se ve muy bueno».

Pero la música era su mayor pasión, especialmente la ópera, y en la primera ocasión en que visité su casa, él me dio el honor de decidir que pieza musical escucharíamos.

Y le encantó que yo rechazara «Cavaleria Rusticana» para poner «El castillo de Barbazul» de Béla Bartók.

Amo la música de Bartók, así como también la amaba el señor Teszler, y tenía virtualmente todas las grabaciones de la música de Bartók que se hubieran producido.

Y fue en su hogar que escuché por primera vez el Tercer Concierto de Piano de Bartók y aprendí del señor Teszler que había sido compuesto en la cercana Asheville, Carolina del Norte, en el último año de vida del compositor.

Él sabía que estaba muriendo de leucemia y le dedicó este concierto a su mujer, Dita, quien era pianista de concierto.

Y al lento segundo movimiento, llamado «adagio religioso», le incorporó los sonidos de la música de pájaros que escuchó afuera de su ventana cuando ya sabía que esa sería su última primavera.

Se estaba imaginando un futuro para ella donde él ya no sería parte de su vida.

Y claramente, claramente esta composición es su última palabra para ella — fue tocada por primera vez después de su muerte — y a través de ella para todo el mundo.

E igual de claro, está diciendo: «Está bien.

Fue todo tan hermoso.

Siempre que escuches esto, estaré contigo.» Fue sólo después de la muerte del señor Teszler que supe que la lápida de la tumba de Béla Bartók en Hartsdale, Nueva York fue pagada por Sandor Teszler.

«¡Yo napot, Bela!» Un poco antes de la muerte del señor Teszler a los 97 años él presenció una charla que di sobre la injusticia humana.

En la charla, describí la historia en su conjunto como una ola gigante de sufrimiento humano y brutalidad y al terminar el señor Teszler se acercó a mí y reprochándome suavemente dijo: «Sabe qué, Doctor, los seres humanos son fundamentalmente buenos».

Y me prometí a mí mismo, en ese momento, que si este que tenía tantas razones para lo contrario había llegado a esa conclusión, no presumiría pensar distinto hasta que él me descargara de mi voto.

Y ya falleció, por lo que debo seguir cumpliéndolo.

«¡Yo napot, Sandor!» Pensaba que ya no tendría más mentores húngaros pero casi inmediatamente conocí a Francis Robicsek, un doctor húngaro — cirujano cardíaco de Charlotte, Carolina del Norte que ya se acercaba a los ochenta años — quien había sido un pionero en las cirugías a corazón abierto y que, improvisando en el garaje detrás de su casa, había inventado varios de los aparatos que se utilizan normalmente para estos procedimientos.

Es también un coleccionista de arte prodigioso, que comenzó como interno en Budapest coleccionando pinturas holandesas y húngaras de los siglos 16 y 17 y que, cuando llegó a este país, pasó al arte colonial español, a los íconos rusos y, finalmente, a las cerámicas maya.

Ha escrito siete libros, seis de ellos sobre cerámicas maya.

Él fue el que descifró el códex maya, permitiendo a los expertos relacionar las pictografías de las cerámicas con los jeroglíficos de la escritura maya.

En la primera visita que hice, recorrimos su casa y miramos cientos de trabajos de calidad de museo para luego detenernos frente a una puerta cerrada, donde el doctor Robicsek dijo, claramente orgulloso: «Y ahora para la «pièce de résistance».

Y abrió la puerta, y entramos a una habitación de 20 por 20 pies sin ventanas con repisas del piso al cielo, donde cada repisa estaba repleta de objetos de su colección de cerámicas maya.

Ahora, no conozco absolutamente nada sobre las cerámicas maya, pero quería congraciarme con él todo lo que pudiera.

Entonces le dije: «Pero doctor Robicsek, esto es absolutamente indescriptible».

«Sí», me dijo: «Eso es lo que dijeron los del Louvre.

No me quisieron dejar tranquilo hasta que les entregué una pieza, pero no era una muy buena».

Bueno, se me ocurrió que debía invitar al doctor Robicsek a exponer en Wofford College sobre — ¿qué más? — Leonardo Da Vinci, Y más aún, debía también invitar al miembro mayor del consejo de administración, quien había estudiado Historia de Francia en la Universidad de Yale unos 70 años antes y que, a los 89, todavía dirigía la empresa textil de patrimonios privados más grande del mundo con una mano de hierro.

Su nombre es Roger Milliken.

Y el señor Milliken accedió, y el doctor Robicsek accedió.

Y el doctor Robicsek nos visitó y dictó la charla, y fue un éxito rotundo.

Y posteriormente nos jreunimos en la Casa del Presidente, teniendo por un lado al doctor Robicsek y por el otro al señor Miliken.

Y fue sólo en ese momento, mientras nos sentábamos a la mesa, que me di cuenta de la enormidad de la situación en que me había puesto.

Ya que juntar a estos dos titanes, estos dos dueños del universo, era como presentarle Mothra a Godzilla sobre los edificios de Tokyo.

Si no se agradaban el uno al otro, nos podían aplastar a todos.

Pero sí se agradaron.

Y conversaron de todo — hasta el final de la comida, cuando se enfrascaron en una discusión tremenda.

Y el tema de la discusión fue el siguiente: si es que la segunda película de Harry Potter había sido tan buena como la primera.

El señor Miliken dijo que no lo había sido.

El doctor Robicsek estaba en desacuerdo.

Todavía estaba tratando de comprender la idea de que estos titanes, estos dueños del universo, vieran las películas de Harry Potter en su tiempo libre cuando el señor Milliken, pensando que ganaría el debate, dijo: «Piensas que es tan bueno únicamente porque no leíste el libro» Y el doctor Robicsek se inclinó hacia atrás en su silla, pero reaccionó velozmente, se inclinó hacia adelante y dijo: «Bueno, eso es verdad, pero te apuesto que fuiste a ver la película con tu nieto».

«Bueno, eso es cierto», concedió el señor Milliken.

«¡Ahá!» dijo el doctor Robicsek: «Yo fui a verla por mí mismo».

Y me di cuenta, en este momento de revelación, que lo que estos dos hombres estaban exhibiendo era el secreto de su extraordinario éxito, cada uno a su manera.

Y yacía precisamente en esa insaciable curiosidad, ese deseo irreprimible de saber — sin importar el tema, sin importar el costo — incluso durante la época en que los guardianes del Reloj del Juicio Final están dispuestos a apostar que la raza humana ya no existirá para imaginarse algo durante el año 2100, unos 93 años a partir de ahora.

«Vive cada día como si fuera el último» dijo Mahatma Ghandi: «Aprende como si fueras a vivir para siempre».

Esto es lo que me apasiona.

Es precisamente esto.

Es este inextinguible e interminable apetito de aprender y experimentar, sin importar cuán ridícula, sin importar cuán esotérica, sin importar cuán sediciosa pueda parecer la situación.

Esto define el futuro imaginado de nuestros compañeros húngaros, Robicsek y Teszler y Bartók, así como define el mío.

Así como, sospecho, también define el de todos los presentes.

A lo que sólo requiero agregar: «Ez a mi munkank; es nem is keves».

Esta es nuestra tarea.

Sabemos que será difícil.

«Ez a mi munkank; es nem is keves».

¡Yo napot, pacak!

https://www.ted.com/talks/bernie_dunlap_the_life_long_learner/

 

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