En una playa amena de Lope de Vega
En una playa amena, a quien el Turia perlas ofrecía de su menuda arena, y el mar de España de cristal cubría, Belisa estaba a solas, llorando al son del agua y de las olas.
«¡Fiero, cruel esposo!», los ojos hechos fuentes, repetía, y el mar, como envidioso, a tierra por las lágrimas salía; y alegre de cogerlas, las guarda en conchas y convierte en perlas.
«Traidor, que estás ahora en otros brazos y a la muerte dejas el alma que te adora, y das al viento lágrimas y quejas, si por aquí volvieres, verás que soy ejemplo de mujeres.
Que en esta mar furiosa hallaré de mi fuego la templanza, ofreciendo animosa al agua el cuerpo, al viento la esperanza; que no tendrá sosiego menos que en tantas aguas tanto fuego.
¡Ay tigre!, si estuvieras en este pecho donde estar solías, muriendo yo, murieras; mas prendas tengo en las entrañas mías en que verás que mato, a falta de tu vida, tu retrato».
Ya se arrojaba, cuando salió un delfín con un bramido fuerte, y ella, en verle temblando, volvió la espalda al rostro y a la muerte, diciendo: «Si es tan fea, yo viva, y muera quien mi mal desea».
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