A un tiempo dejaba el Sol de Luis de Góngora
A un tiempo dejaba el Sol Los colchones de las ondas, Y el orinal de mi alma La vasera de su choza;
Él porque tres veces quiere En las tres lucientes bolas De la torre de Marruecos Ver su caraza redonda;
Y ella porque sus corderos, En tanto que el Alba llora, Se longanicen las tripas De esmeraldas y de aljófar,
A cuenta de los poetas Que baratan estas joyas Entre los que en avellanas Les pagan a «qué quiés, boca».
De luz, pues, y de ganado Se cubre la vega toda, Y el aire de la armonía Que despide una zampoña,
Profundamente tañida De un cuitado que la sopla, Quizá tan profundamente Que no hay Judas que la oya.
Guarda el pobre unas ovejas, Si el que se las deja solas Las guarda, y a sus rediles No las vuelve, o vuelve pocas;
Culpa de un Dios que, aunque ciego, Clava una saeta en otra, Y calienta, aunque desnudo, El muro helado de Troya
(Cuando criminante y bella Salió ministrando aljófar), Del sacro Betis la Ninfa Que vio España más hermosa;
Tan celada de su padre, Que el lado aún no le perdona, Y si hay sombras de cristal, La Ninfa se ha vuelto sombra.
Viola en las selvas un día En una virginal tropa De secuaces de Diana, Saeteando una corza.
Nunca la viera el cuitado, Y no dejara en mal hora Por el campo su hacienda, Por el río su memoria.
Desde entonces los carneros Van perdiendo sus esposas, Y de lanas de bayeta Les va el lobo haciendo lobas.
Río abajo, río arriba, Pasos gasta, viento compra, Que se venden por suspiros Y valen misericordia.
Tantos días, tantas veces Oyó su voz lagrimoso El río desde su urna, Que un día sacó la cholla,
Y le halló entre unos carrizos Ventoseando unas coplas, En favor a lo que dicen De su húmida señora,
Que lo oía entre unos sauces Haciendo desdén y pompa Del pastor y de sus versos, Zahareña y gloriosa.
De las plumas de una mimbre Cortó el viejo dos garzotas, Y en el envés de la Ninfa Me las desnudó de hojas.
Cansado, pues, el pastor De invocar piedad tan sorda, De mi bella pastorcilla El dulce favor implora.
Un rato le ruega humilde Que su lira sonorosa Al aire haga y al río Cualque suave lisonja.
Condescendió con sus ruegos Cloris, y luego a la hora yerba y flores a porfía le tejieron una alfombra.
Pulsó las templadas cuerdas, y al punto el cielo se escombra, el aire se purifica, la ribera se convoca.
Las Ninfas que de aquel soto los muchos árboles honran, vistiéndose miembros bellos desnudan cortezas toscas.
A un verde arrayán florido Se casaron dos palomas, Blancas señas de que el aire La madre de Amor corona.
Un dulce lascivo enjambre De hijuelos de la Diosa, Vertiendo nubes de flores Jazmines llueven y rosas.
Sofrenó el Sol sus caballos Para oír a mi pastora, Tanto, que besó algún signo Las caderas luminosas;
Y fue tal la sofrenada, Que con las lucientes colas Ensuciaron y aun barrieron Dos tachones de la zona.
Su verde cabello el Betis Descubrió, y su barba undosa, Y el húmido cuerpo luego Vestido de juncos y ovas.
La hija aguarda que el padre Todo el campo reconozca, Y a las detenidas aguas fla luego la persona.
Salió de espumas vestida, y por lo que es vergonzosa, calzada una celosía de caracoles y conchas.
¡Oh, lo que diera el pastor por ser aquel día babosa de algún caracol de aquellos!… Mas quédese aquí esta historia.
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