EL VIEJO POZO de Ramón López Velarde

El viejo pozo de mi vieja casa sobre cuyo brocal mi infancia tantas veces se clavaba de codos, buscando el vaticinio de la tortuga, o bien el iris de los peces, es un compendio de ilusión y de históricas pequeñeces.

Ni tortuga, ni pez; sólo el venero que mantiene su estrofa concéntrica en el agua y que dio fe del ósculo primero que por 1850 unió las bocas de mi abuelo y mi abuela… ¡Recurso lisonjero con que los generosos hados dejan caer un galardón fragante encima de los desposados! Besarse, en un remedo bíblico, junto al pozo, y que la boca amada trascienda a fresco gozo de manantial, y que el amor se profundice, en la pareja que lo siente, como el hondo venero providente…

En la pupila líquida del pozo espejábanse, en años remotos, los claveles de una maceta; más la arquitectura ágil de las cabezas de dos o tres corceles, prófugos del corral; más la rama encorvada de un durazno; y en época de mayor lejanía también se retrataban en el pozo aquellas adorables señoras en que ardía la devoción católica y la brasa de Eros; suaves antepasadas, cuyo pecho lucía descotado, y que iban, con tiesura y remilgo, a entrecerrar los ojos a un palco a la zarzuela, con peinados de torre y con vertiginosas peinetas de carey. Del teatro a la Vela Perpetua, ya muy lisas y muy arrebujadas en la negrura de sus mantos. Evoco, todo trémulo, a estas antepasadas porque heredé de ellas el afán temerario de mezclar tierra y cielo, afán que me ha metido en tan graves aprietos en el confesionario.

En una mala noche de saqueo y de política que los beligerantes tuvieron como norma equivocar la fe con la rapiña, al grito de «¡Religión y Fueros!» y «¡Viva la Reforma!», una de mis geniales tías, que tenía sus ideas prácticas sobre aquellas intempestivas griterías, y que en aquella lucha no siguió otro partido que el de cuidar los cortos ahorros de mi abuelo, tomó cuatro talegas y con un decidido brazo las arrojó en el pozo, perturbando la expectación de la hora ingrata con un estrépito de plata.

Hoy cuentan que mi tía se aparece a las once y que, cumpliendo su destino de tesorera fiel, arroja sus talegas con un ahogado estrépito argentino.

Las paredes del pozo, con un tapiz de lama y con un centelleo de gotas cristalinas, eran como el camino de esperanza en que todos hemos llorado un poco… Y aquellas peregrinas veladas de mayo y junio mostráronme del pozo el secreto de amor: preguntaba el durazno: «¿Quién es Ella?», y el pozo, que todo lo copiaba, respondía no copiando más que una sola estrella.

El pozo me quería senilmente; aquel pozo abundaba en lecciones de fortaleza, de alta discreción, y de plenitud… Pero hoy, que su enseñanza de otros tiempos me falta, comprendo que fui apenas un alumno vulgar con aquel taciturno catedrático, porque en mi diario empeño no he podido lograr hacerme abismo y que la estrella amada, al asomarse a mí, pierda pisada.

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