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Kavita Ramdas: Mujeres radicales que se adhieren a la tradición – Charla TEDIndia 2009

Charla «Kavita Ramdas: Mujeres radicales que se adhieren a la tradición» de TEDIndia 2009 en español.

¿Cómo se ve una mujer emancipada? ¿Puede vestir una burka, un hiyab, un sari? Kavita Ramdas habla acerca de tres mujeres notables que celebran su herencia cultural —mientras trabajan para reformar sus tradiciones opresoras.

  • Autor/a de la charla: Kavita Ramdas
  • Fecha de grabación: 2009-11-05
  • Fecha de publicación: 2010-04-26
  • Duración de «Kavita Ramdas: Mujeres radicales que se adhieren a la tradición»: 1418 segundos

 

Traducción de «Kavita Ramdas: Mujeres radicales que se adhieren a la tradición» en español.

Salaam.

Namaskar.

Buenos días.

Dado mi perfil en TED, ustedes quizás esperan que les hable de las más recientes tendencias filantrópicas, aquélla que actualmente tiene a Wall Street y al Banco Mundial ajetreados, en cómo invertir en mujeres, cómo emanciparlas, cómo salvarlas.

Yo no.

A mí me interesa cómo las mujeres nos están salvando.

Ellas nos están salvando al redefinir y reimaginar un futuro que desafía y empaña polaridades aceptadas, polaridades que hemos dado por hecho durante mucho tiempo, como aquéllas entre modernidad y tradición Primer Mundo y Tercer Mundo, opresión y oportunidad.

En medio de los retos desalentadores que enfrentamos como comunidad global, hay algo acerca de esta tercera forma de tono musical que está haciendo a mi corazón cantar.

Lo que me intriga más es cómo las mujeres están haciendo esto, a pesar de la cantidad de paradojas que son tanto frustrantes como fascinantes.

¿Por qué es que las mujeres son, por una parte, cruelmente oprimidas por prácticas culturales, y sin embargo, al mismo tiempo, son quienes preservan la cultura en la mayoría de las sociedades?

¿Es el hiyab o el velo en la cabeza un símbolo de sumisión o de resistencia?

Cuando tantas mujeres y niñas son golpeadas, violadas, mutiladas, diariamente, en nombre de toda clase de causas, honor, religión, nacionalidad,

¿qué permite a las mujeres volver a plantar árboles, reconstruir sociedades, movimientos radicales, no violentos para el social?

¿Son diferentes mujeres quienes están preservando y quienes están radicalizando?

¿O son una y la misma?

¿Somos culpables, como Chimamanda Adichie nos lo recordó en una conferencia de TED en Oxford, de asumir que hay una sola historia de la lucha de las mujeres por sus derechos, mientras de hecho, hay muchas?

Y si es que algo tienen que ver,

¿qué tienen que ver los hombres con ello?

Mucho de mi vida ha sido una búsqueda por obtener algunas respuestas a estas preguntas.

Me ha llevado a través del mundo, y me ha presentado a algunas personas sorprendentes.

En el proceso, he recogido unos pocos fragmentos que me ayudan a verter algo de luz sobre este enigma.

Entre aquéllos que han ayudado a abrir mis ojos a una tercera vía, están una musulmana devota en Afganistán, un grupo de lesbianas armonizadoras en Croacia y una rompedora de tabús en Liberia.

Estoy en deuda con ellas, como lo estoy con mis padres, quienes por un conjunto de malas conductas en su vida anterior, fueron bendecidos en ésta con tres hijas.

Y por razones igualmente dudosas para mí, parecen estar irracionalmente orgullosos de nosotras tres.

Yo nací y crecí aquí en la India, y aprendí desde temprana edad a sospechar profundamente de las tías y tíos que se agachaban, nos acariciaban la cabeza y les decían a mis padres sin ningún problema en absoluto, «Pobres.

Nada más tienen tres hijas.

Pero son jóvenes.

Podrían todavía tratar.» Mi sensación de furia sobre los derechos de las mujeres alcanzó el de ebullición cuando tenía como 11 años.

Mi tía, una increíblemente articulada y brillante mujer, quedó viuda joven.

Una muchedumbre de parientes la invadió.

Le quitaron su colorido sari.

Le hicieron ponerse uno blanco.

Limpiaron el bindi de su frente.

Le rompieron sus pulseras Su hija, Rani, pocos años mayor que yo, se sentó en su regazo, confundida, sin saber lo que le había pasado a la mujer segura de sí misma que alguna vez conoció como su mamá.

Más tarde esa noche, escuché a mi madre rogar a mi padre, Por favor, haz algo, Ramu.

¿No puedes intervenir?

Y a mi padre, en voz baja, murmurar, Yo soy sólo el hermano más chico, no puedo hacer nada.

Esto es tradición.» Ésa es la noche en que aprendí las reglas sobre lo que significa ser mujer en este mundo.

Las mujeres no hacen esas reglas, pero ellas nos definen, y definen nuestras oportunidades y nuestras probabilidades.

Y los hombres son afectados también por esas reglas.

Mi padre, quien peleó en tres guerras, no podía salvar a su propia hermana de su sufrimiento.

A los 18, bajo la excelente tutoría de mi madre, yo era, por lo tanto, como ustedes esperarán, desafiantemente feminista.

En las calles cantando, [Hindú] [Hindú] «Somos las mujeres de la India.

No somos flores, somos chispas de cambio.» Para cuando llegué a Pekín en 1995, estaba claro para mí que la única manera de alcanzar la igualdad de género era volcar siglos de tradición opresora.

Poco después de que regresé de Pekín, aproveché la oportunidad de trabajar para esta organización maravillosa, fundada por mujeres, para apoyar a organizaciones de derechos de las mujeres alrededor del mundo.

Pero apenas después de seis meses en mi nuevo trabajo, conocí a una mujer que me forzó a desafiar todas mis suposiciones.

Su nombre es Sakena Yacoobi.

Ella entró a mi oficina en una época en que nadie sabía en los Estados Unidos dónde estaba Afganistán.

Me dijo, «El asunto no es la burka.» Ella era la defensora más resuelta de los derechos de las mujeres de quien yo haya oído jamás.

Me dijo que había mujeres que estaban dirigiendo escuelas clandestinas en sus comunidades dentro de Afganistán y que su organización, el Instituto Afgano para el Aprendizaje, había abierto una escuela en Pakistán.

Dijo, «La primera cosa que cualquier musulmán sabe es que el Corán exige y fuertemente apoya la educación.

El profeta quería que todos los creyentes pudieran leer el Corán por sí mismos.»

¿Escuché bien?

¿Una defensora de los derechos de las mujeres invocando religión?

Pero Sakena desafía las etiquetas Siempre lleva puesto un velo en la cabeza.

Pero yo he caminado junto a ella en una playa con su largo cabello volando en la brisa.

Ella empieza cada conferencia con un rezo, pero es una mujer soltera, con mucha energía, y financieramente independiente en un país donde casan a las niñas a los 12 años de edad.

Ella también es inmensamente pragmática.

«Este velo y estas ropas», dice, «me dan la libertad de hacer lo que necesito hacer, de hablar con aquéllos cuyo apoyo y ayuda son críticos para este trabajo.

Cuando tuve que abrir la escuela en el campo de refugiados, fui a ver al imán.

Le dije, ‘Soy una creyente, y las mujeres y los niños en estas terribles condiciones necesitan su fe para sobrevivir.» Sonrió astutamente.

«Se sintió alabado.

Empezó a venir a mi centro dos veces por semana porque las mujeres no podían ir a la mezquita.

Y después de que se iba, las mujeres y los niños se quedaban.

Comenzamos con una pequeña clase de alfabetización para leer el Corán, después una clase de matemáticas, después una clase de inglés, después clases de computación.

En pocas semanas, todos en el campo de refugiados estaban en nuestras clases.» Sakena es una maestra en tiempos en que educar mujeres es un asunto peligroso en Afganistán.

Ella está en la lista de objetivos a matar del Talibán.

Me preocupa cada vez que ella viaja a través de ese país.

Ella levanta los hombros cuando le pregunto acerca de la seguridad.

Kavita Jan, no podemos permitirnos tener miedo.

Mira a esas niñas jóvenes que vuelven a la escuela cuando les arrojan ácido en la cara.» Y yo sonrío, y asiento con la cabeza, al darme cuenta de que estoy viendo mujeres y niñas que al usar sus propias tradiciones y prácticas religiosas, se convierten en instrumentos de oposición y oportunidad.

Su camino es de su propiedad y mira hacia un Afganistán que será diferente.

Ser diferente es algo que las mujeres de Lesbor en Zabreb, Croacia conocen muy bien.

Ser una lesbiana, una tortillera, una homosexual en la mayor parte del mundo, incluyendo aquí mismo en nuestro país, India, es ocupar un lugar de incomodidad inmensa y prejuicio extremo.

En sociedades postconflicto como Croacia, donde un hipernacionalismo y religiosidad han creado un ambiente insoportable para cualquier persona que pudiera ser considerado un marginado social.

Así es que entra a un grupo de lesbianas que salieron del armario, jóvenes mujeres que aman la música antigua que alguna vez se propagó a través de esa región de Macedonia a Bosnia, de Serbia a Eslovenia.

Estas cantantes folklóricas se conocieron en la universidad en un programa de estudios de género.

Muchas de ellas de veintitantos años.

Algunas son madres.

Muchas han luchado para salir del armario en sus comunidades.

En familias cuyas creencias religiosas hacen difícil aceptar que sus hijas no están enfermas, sólo son diferentes.

Como dice Leah, una de las fundadoras del grupo, «Me gusta mucho la música tradicional.

También me gusta el rock and roll.

Así que en Lesbor, mezclamos ambas.

Yo veo la música tradicional como una clase de rebelión, en la que la gente puede realmente expresar su voz, especialmente canciones tradicionales de otras partes de la antigua República Yugoslava.

Después de la guerra, muchas de esas canciones se perdieron.

Pero son parte de nuestra infancia y de nuestra historia, y no deberíamos olvidarlas.» En contra de las probabilidades, este coro vocal L.G.B.T.

ha demostrado cómo las mujeres están invirtiendo en la tradición para crear cambios, como alquimistas convirtiendo la discordia en armonía.

Su incluye el himno nacional croata, una canción de amor bosnia y dúos serbios.

Y, agrega Leah con una sonrisa, «Kavita, estamos especialmente orgullosas de nuestra música navideña porque muestra que estamos abiertas a prácticas religiosas a pesar de que la Iglesia Católica nos odia a los L.G.B.T.» Sus conciertos atraen a sus propias comunidades, sí, pero también a una generación de mayor edad, una generación que podría ser suspicaz de la homosexualidad, pero que tiene nostalgia por su propia música y el pasado que representa.

Un padre que inicialmente se rehusaba a que su hija saliera en un coro de esa índole, ahora escribe canciones para ellas.

En la Edad Media, los trovadores viajaban a través de la tierra cantando sus historias y compartiendo sus versos.

Lesbor viaja a través de los Balcanes así, cantando, conectando gente dividida por su religión, nacionalidad e idioma, Bosnios, croatas y serbios encuentran un raro espacio de orgullo compartido en su historia, y Lesbor les recuerda a ellos que las canciones que un grupo reclama como únicamente suyas realmente les pertenecen a todos.

(Cantando) Ayer, Mallika Sarabhai nos mostró que la música puede crear un mundo que acepta más la diferencia que el que nos han dado.

El mundo que le dieron a Layma Bowie fue un mundo de guerra.

Durante décadas, Liberia había sido destruida por conflictos políticos.

Layma no era una activista, era la madre de tres hijos.

Pero estaba enferma por la preocupación.

Le preocupaba que su hijo fuera secuestrado y se lo llevaran para ser un niño soldado.

Le preocupaba que sus hijas fueran violadas.

Se preocupaba por sus vidas.

Una noche tuvo un sueño.

Soñó que ella y miles de mujeres más acababan con el derramamiento de sangre.

A la mañana siguiente en la iglesia, les preguntó a otras cómo se sentían.

Todas estaban cansadas de la lucha.

Necesitamos paz, y necesitamos que nuestros líderes sepan que no descansaremos hasta que haya paz.

Entre las amigas de Layma, había una policía musulmana.

Ella prometió plantear el asunto con su comunidad.

Durante el sermón del siguiente viernes, las mujeres que estaban sentadas en el salón anexo de la mezquita comenzaron a compartir su aflicción ante al estado de las cosas.

«

¿Qué importa?

» decían, «Una bala no distingue entre un musulmán y un cristiano.» Este pequeño grupo de mujeres resueltas a acabar la guerra.

Y eligieron usar sus tradiciones para convencer.

Las mujeres liberianas normalmente llevan muchas joyas y ropas coloridas.

Pero no, para la protesta, ellas se vistieron completamente de blanco, sin maquillaje.

Como dijo Layma, «Vestimos de blanco diciendo que estábamos en busca de la paz.» Se pararon a un lado del camino por el que la caravana de automóviles de Charles Taylor pasaba a diario.

Se pararon ahí por semanas, primero 10, luego 20, luego 50, después cientos de mujeres vestidas de blanco, cantando, bailando, diciendo que estaban buscando la paz.

Eventualmente, fuerzas opuestas en Liberia fueron presionadas para llevar a cabo negociaciones de paz en Ghana.

Las negociaciones se alargaron más y más.

Layma y sus hermanas ya habían tenido suficiente.

Con los fondos que les quedaban, llevaron a un pequeño grupo de mujeres al lugar de las negociaciones, y rodearon el edificio.

En un, ahora famoso, corto de CNN, se les puede ver sentadas en el suelo, sus brazos entrelazados.

Esto lo conocemos en India.

Se llama [hindú].

Entonces las cosas se pusieron tensas.

Llaman a la policía para retirar a las mujeres físicamente.

Cuando el oficial mayor se acerca con una cachiporra, Layma se levanta deliberadamente, levanta sus brazos por encima de su cabeza, y comienza, muy lentamente, a desatar el tocado que cubre su cabello.

Se puede ver la cara del policía.

Se ve avergonzado.

Se aleja.

Y lo siguiente que sabemos, es que la policía ha desaparecido.

Layma me dijo más tarde, «Es el tabú, ya sabes, en África Occidental.

Si una mujer mayor se desviste frente a un hombre porque ella así lo quiere, la familia del hombre es maldecida.»
(Risas)

(Aplausos)
Dice ella, «No sé si él lo hizo porque creía, pero él sabía que no nos íbamos a ir.

No nos íbamos a ir hasta que el acuerdo de paz se firmara.» Y el acuerdo de paz se firmó.

Y las mujeres de Liberia se movilizaron entonces en apoyo a Ellen Johnson Sirleaf, una mujer que rompió algunos tabúes ella misma al convertirse en la primera mujer jefe de estado en África durante años.

Cuando pronunció su discurso presidencial, ella reconoció a esas mujeres valientes de Liberia que le permitieron ganar contra una estrella del fútbol —soccer para ustedes los americanos— nada menos.

Mujeres como Sakena y Leah y Layma me han hecho humilde y me han cambiado y me han hecho darme cuenta de que yo no debería hacer suposiciones apresuradas de ningún tipo.

También me han salvado de mi justo enojo al ofrecerme puntos de vista sobre esta tercera vía.

Una activista filipina un día me dijo, «

¿Cómo cocinas un pastel de arroz?

Con calor desde abajo y calor desde arriba.» Las protestas, las marchas, la posición innegociable de que los derechos de las mujeres son Derechos Humanos, ¡y punto! Ése es el calor desde abajo.

Ése es Malcolm X y los sufragistas y los desfiles del orgullo gay.

Pero también necesitamos el calor desde arriba.

Y en la mayor parte del mundo, ese arriba todavía está controlado por hombres.

Así que, parafraseando a Marx: Las mujeres hacen el cambio, pero no en circunstancias de su elección.

Tienen que negociar.

Tienen que subvertir la tradición que alguna vez las silenció para dar voz a nuevas aspiraciones.

Y necesitan aliados desde sus comunidades, aliados como el imán, aliados como el padre que ahora escribe canciones para un grupo de lesbianas en Croacia, aliados como el policía que respetó un tabú y se alejó, aliados como mi padre, quien no pudo ayudar a su hermana, pero ha ayudado a tres hijas a perseguir sus sueños.

Quizás esto es porque el feminismo, a diferencia de casi cualquier otro movimiento social, no está en contra de un opresor definido.

No es la clase en el poder o la ocupación o los colonizadores, está en contra de un conjunto de creencias y suposiciones profundamente arraigados de que las mujeres, demasiado seguido, nos contenemos.

Y quizás éste es el don concluyente del feminismo, que lo personal es de hecho lo político.

De manera que, como Eleanor Roosevelt dijo una vez de los Derechos Humanos, lo mismo es cierto para la equidad de género, que comienza en pequeños lugares, cerca de casa.

En las calles, sí, pero también en negociaciones en la mesa de la cocina y en la cama conyugal y en relaciones entre amantes y padres de familia y hermanas y amigos.

Y entonces, y entonces te das cuenta de que al integrar aspectos de tradición y comunidad en sus luchas, mujeres como Sakena y Leah y Layma, pero también Sonia Gandhi aquí en la India y Michelle Bachelet en Chile y Sirin Ebadi en Irán están haciendo algo más.

Están desafiando la noción misma de los modelos occidentales de desarrollo.

Estan diciendo, no tenemos que ser como ustedes para hacer el cambio.

Podemos llevar puesto un sari o un hiyab o pantalones o un boubou, y podemos ser líderes de partidos y presidentes y abogadas de Derechos Humanos.

Podemos usar nuestra tradición para navegar el cambio.

Podemos desmilitarizar sociedades y en su lugar, verter recursos en las reservas de una seguridad genuina.

Es en estas pequeñas historias, estas historias individuales, en que yo veo que se está escribiendo una épica radical por mujeres alrededor del mundo.

Es en estos hilos que están siendo tejidos en una tela durable que sustentará comunidades, en donde encuentro esperanza.

Y si mi corazón canta, es porque, en estos pequeños fragmentos, de vez en cuando, se alcanza a vislumbrar un mundo completa— completamente nuevo.

Y ella está definitivamente en camino.

Gracias.


(Aplausos)

https://www.ted.com/talks/kavita_ramdas_radical_women_embracing_tradition/

 

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