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Cómo usar el síndrome del impostor para nuestro beneficio – Charla TEDxSydney

Charla «Cómo usar el síndrome del impostor para nuestro beneficio» de TEDxSydney en español.

¿Han dudado alguna vez de su capacidad o temido que descubran que son un «fraude»? Es lo que se llama el «síndrome del impostor», y definitivamente no son los únicos que lo sienten, dice el empresario y director de empresa Mike Cannon-Brookes. En esta charla divertida y amena, nos cuenta cómo sus propias experiencias con el síndrome del impostor lo ayudaron a allanar el camino hacia el éxito, y nos muestra como también nosotros podemos utilizarlo en nuestro beneficio.

  • Autor/a de la charla: Mike Cannon-Brookes
  • Fecha de grabación: 2017-06-15
  • Fecha de publicación: 2019-11-26
  • Duración de «Cómo usar el síndrome del impostor para nuestro beneficio»: 822 segundos

 

Traducción de «Cómo usar el síndrome del impostor para nuestro beneficio» en español.

En mi vida experimenté muchos éxitos.

Hace más de una década, recién salido de la universidad, inicié un negocio con mi amigo Scott.

Ahora bien, sin experiencia previa y sin un plan importante…

nuestros objetivos eran no tener que conseguir un trabajo real
(Risas)
y no tener que llevar traje cada día.

Chequeado y chequeado.


(Risas)
En la actualidad, tenemos miles de empleados maravillosos, y millones de personas usan nuestro software en todo el planeta.

Y, técnicamente, también fuera del planeta, si cuentan los que ahora están camino a Marte.

Así que deben pensar que sé lo que hago todos los días cuando voy a trabajar.

Bien, les diré algo: la mayoría de los días todavía siento que a menudo no sé lo que hago.

Durante 15 años me he sentido así, y he aprendido que esa sensación se llama el «síndrome del impostor».

¿Han sentido alguna vez que no están a la altura, como que son un fraude, que están adivinando o mintiendo en lo que hacen…


(Risas)
aterrorizados de que, en cualquier momento, alguien va a descubrirlos?

Bien, puedo pensar muchos ejemplos de cuando me he sentido así, como al entrevistar al primer gerente de RR.

HH.

sin haber trabajado en una empresa que tuviera uno…


(Risas)
aterrado mientras caminaba hacia la entrevista, pensando: «

¿que voy a preguntar a esta persona?

«.

O al ir a una reunión de directorio en camiseta, rodeado de gente en traje, lleno de acrónimos, y sentirme como de 5 años mientras los escribo a escondidas en mi cuaderno para poder buscarlos en Wikipedia después, al volver a casa.


(Risas)
O, en los primeros días, cuando la gente llamaba preguntando por las cuentas, y me quedaba helado, pensando: «

¿nos están pidiendo dinero o nos lo quieren dar?

»
(Risas)
Entonces cubría el teléfono, la boquilla del teléfono, y decía: «Scott, tú sabes de esto», y se lo pasaba.


(Risas)
En aquella época, ambos hicimos muchos trabajos.

Así que, para mí, el síndrome del impostor es una sensación de no estar a la altura, sin embargo, ya metido en la situación.

Internamente uno sabe que no tiene la capacidad, la experiencia o las calificaciones suficientes como para estar ahí, pero uno está ahí, y tiene que encontrar una salida, porque no puede simplemente escaparse.

No es miedo al fracaso ni miedo de no poder hacerlo.

Es más bien una sensación de eludir las consecuencias, un miedo a ser descubierto, de que, en cualquier momento, alguien se va a dar cuenta.

Y si se dan cuenta, uno piensa: «bueno, en realidad es justo».


(Risas)
Uno de mis escritores favoritos, Neil Gaiman, lo expresó muy bien en un discurso de una graduación de universidad, llamado «Haz buen arte».

Quiero estar seguro de que lo cito correctamente.

«Estaba convencido de que golpearían la puerta, y un hombre con una carpeta estaría allí para decirme que todo había terminado, que me habían descubierto, y que entonces debería irme y conseguir un trabajo real».

Ahora, cuando golpean a mi puerta, todavía siento como si un hombre con traje oscuro estará allí para decirme que mi tiempo se terminó.

Y como soy un mal cocinero, siento un gran alivio cuando solo es alguien con una pizza para los chicos.


(Risas)
Pero es importante destacar que no todo es malo.

Creo que en ese sentimiento hay mucho de bueno.

Y no se trata de esas charlas motivacionales tipo poster, como «Empieza ahora».

Más bien reflexiono sobre mis experiencias con el síndrome del impostor y de cómo intenté aprender a aprovecharlas y transformarlas en una fuerza para el bien.

Un gran ejemplo de esas experiencias son los primeros días de la historia de Atlassian.

Llevábamos ya unos cuatro años y alrededor de 70 empleados.

Y aconsejados por nuestros auditores —muchas buenas historias empiezan así—
(Risas)
entramos en la competencia del Empresario del Año de Nueva Gales del Sur.

Nos sorprendió cuando ganamos el premio del Empresario del Año de Nueva Gales del Sur en la categoría de empresarios menores de 40 años.

Había ocho categorías.

Y, de hecho, estábamos tan sorprendidos, que al ver la lista de gente contra la que competimos ni siquiera asistí a la entrega de premios.

Así que Scott recibió el premio solo.

Y luego viajamos para los premios nacionales.

Pensé que a estos sí debía asistir.

Así que alquilamos unos trajes, invité a una chica que recién había conocido —en un momento volvemos a ella—
(Risas)
y fuimos a la función de gala.

Nuestro asombro se convirtió en sorpresa cuando en el primer premio de la noche superamos a todos los otros estados y ganamos el «Joven Empresario Australiano del Año».

Cuando se nos pasó la sorpresa, recibimos champán en nuestra mesa y empezó la fiesta, y la noche seguro había terminado.

La estábamos pasando muy bien.

Pero cuando llegó el último premio de la noche nuestra sorpresa se transformó en la sorpresa de todos cuando ganamos el «Emprendedor Australiano del Año» frente a todas las otras categorías.

De hecho, todos estaban tan sorprendidos que el presentador, el director de Ernst and Youg, abrió el sobre, y sus primeras palabras fueron: «¡Oh, Dios mío!».


(Risas)
Y luego se compuso y anunció que habíamos ganado.


(Risas)
Así que supimos que estábamos muy metidos.

Y de allí fuimos mucho más profundo todavía, ya que viajamos a Montecarlo para representar a Australia en el «Emprendedor Mundial de Año» compitiendo contra otros 40 países.

Ahora, en otro traje alquilado, estaba en una de las cenas y a mi lado estaba sentado un hombre muy agradable, Belmiro de Acevedo, que era el ganador de Portugal.

Un gran campeón.

A los 65 años, hacía 40 años que se encargaba de su negocio.

Tenía 30 000 empleados.

No olviden que, en esa época, teníamos 70.

Y él tenía cuatro mil millones de euros en facturación.

Luego de un par de vinos, recuerdo haberle admitido que sentía que no merecíamos estar allí, que no estábamos a la altura y que, en algún momento, alguien se daría cuenta y nos enviaría de vuelta a Australia.

Y recuerdo que él hizo una pausa, me miró, y dijo que él sentía exactamente lo mismo, que sospechaba que los ganadores se sentían igual, y que a pesar de no conocerme a mí, ni a Scott, ni nada sobre tecnología, ciertamente estaríamos haciendo algo bien y que seguro debíamos continuar.


(Risas)
Este fue un momento de gran inspiración para mí por dos razones.

Una, me di cuenta de que las otras personas sentían lo mismo.

Y dos, comprendí que esto no se pasa con ningún tipo de éxito.

Suponía que la gente exitosa no se sentía como un fraude, y ahora sé que lo opuesto probablemente sea lo cierto.

Y esta no es una sensación que solo tengo en el trabajo.

También me ocurre en la vida personal.

Al principio, volaba ida y vuelta hacia San Francisco por Atlassian y como había juntado puntos de viajero frecuente tenía acceso a la sala de negocios de Qantas.

Bien, si hay algún lugar al que no pertenezco…


(Risas)
No ayuda cuando entro y generalmente me ven en pantalones cortos o vaqueros, o pantalones vaqueros y camiseta, y dicen: «

¿Te puedo ayudar?

¿Estás perdido?

» Pero, bueno, a veces ocurren cosas de la vida en la sala de Qantas cuando uno menos se lo espera.

Una mañana, hace más de una década, estaba sentado allí para mi viaje semanal y una mujer hermosa, muy por encima de mi nivel, entró a la sala de Qantas y continuó caminando derecho hacia mí con un caso de identidad equivocada.

Ella pensó que yo era otra persona, así que, en este caso, realmente era un impostor.


(Risas)
Pero en lugar de paralizarme como lo había hecho siempre, o quizá, como un caballero haberle informado de su error, traté de que la conversación no terminara.


(Risas)
Y la clásica charlatanería australiana se convirtió en un avance y un número de teléfono.

Y esa es la chica que llevé a la entrega de premios unos meses después.

Y más de una década más tarde me hace muy feliz que sea mi esposa y que tengamos cuatro hijos maravillosos.


(Aplausos)
Pero cada mañana, al despertarme, no dejo de darme vuelta, mirarla, y pensar que dirá: «

¿Quién eres, y quién te dio ese lado de la cama?


(Risas)
¡Vete de aquí!».

Pero no lo hace.

Y creo que a veces ella siente lo mismo.

Aparentemente, esa es una de las razones por la que quizá tengamos un matrimonio feliz.

Al investigar para esta charla aprendí que uno de los atributos de las relaciones más exitosas es cuando ambas partes se sienten por debajo del nivel.

Sienten que su compañero está por encima de su nivel.

Se sienten impostores.

Y si no se paralizan y, en cambio, se sienten agradecidos, y trabajan duro para ser los mejores compañeros que puedan ser, es probable que tengan una relación exitosa.

Así que, si se sienten así, no se paralicen.

Traten de que la conversación continúe, incluso si ella piensa que son alguien que no son.


(Risas)
Ahora bien, sentirme algo que no soy o que la gente lo piense me pasa muy a menudo.

Un buen ejemplo es de mi pasado reciente: hace unos meses estaba con uno de mis hijos y vi algo en Twitter sobre Tesla que decía que podría resolver la serie de crisis de energía del sur de Australia con una de sus grandes baterías industriales.

Sin pensarlo, envié un grupo de mensajes desafiándolos y preguntando si realmente estaban hablando en serio.

Y al hacerlo, fue como patear una piedrita cuesta abajo, en una gran colina, que se convirtió en una avalancha y yo dando vueltas en medio de ella.

Porque unas horas más tarde Elon me respondió diciendo que hablaban muy en serio, que dentro de los cien días de firmar el contrato podrían instalar una planta de 100 megavatios-hora, que es una batería gigante de primera clase, una de las más grandes construidas en el planeta.

Y ahí se desató un infierno.

En 24 horas, tenía a todos los medios de prensa enviándome mensajes y correos electrónicos para contactarme para obtener información de un «experto» en energía.


(Risas)
En ese momento, no les podría haber dicho la diferencia entre una batería AA de un vatio y medio de los juguetes de mis hijos y una planta industrial equivalente a una batería de 100 megavatios-hora para el sur de Australia que podría resolver la crisis de energía.

Estaba sintiendo un caso crónico del síndrome del impostor,
(Risas)
y se convirtió en algo insólito.

Recuerdo haber pensado: «Mierda.

Empecé algo de lo que no puedo salir.

Si abandono la situación, voy a hacer retroceder la energía renovable en Australia y quizá me vea como un completo idiota por mi estupidez en Twitter».

Así que pensé que lo único que podía hacer era no paralizarme y tratar de aprender.

Así que pasé una semana intentando aprender todo lo que pudiera sobre baterías a escala industrial, la red eléctrica, la energía renovable, el aspecto económico de todo esto y si era una propuesta realizable.

Hablé con el científico principal, hablé con el CSIRO, muchos ministros y primeros ministros trataron de darme su versión de los hechos desde ambos lados.

Logré intercambiar mensajes con el primer ministro.

incluso dar una impresión pasajera, digamos, como experto de energía en ABC Lateline.


(Risas)
Pero, como resultado, Australia meridional realizó una licitación sobre baterías y recibió más de 90 solicitudes.

Y, durante algunos meses, la conversación nacional pasó del tipo teatral, con trozos de carbón en el parlamento, a discutir qué tipo de químicos para baterías a escala industrial eran los mejores para construir baterías renovables a gran escala.

Pienso que la lección importante es que, en ese momento de mi vida, realmente sabía que era un impostor.

Sabía que no estaba para nada a la altura.

Pero en vez de paralizarme, traté de aprender cuanto pudiera, motivado por mi temor de parecer un idiota, y traté de convertirlo en una fuerza para el bien.

Algo que aprendí es que las personas piensan que la gente exitosa no se siente como un fraude.

Pero creo, especialmente conociendo a muchos empresarios, que es más probable que lo contrario sea verdad.

La gente más exitosa que conozco no se cuestiona a sí misma, sino que cuestionan mucho y continuamente sus ideas y sus conocimientos.

Saben cuando el agua es muy profunda, y piden que los aconsejen.

No lo ven como algo malo.

Y usan esos consejos para perfeccionar esas ideas, para mejorarlas y para aprender.

Y está bien que uno algunas veces no esté a la altura.

Yo frecuentemente no lo estoy.

Está bien no estar a la altura, estar en una situación en la que no puedan presionar el botón de eyección, mientras no se paralicen, mientras controlen la situación, no se paralicen y traten de transformarla en una fuerza para el bien.

Y aquí es importante destacar el «control», porque no es un caso de simple psicología popular sobre cómo conquistar el síndrome del impostor.

Se trata de ser conscientes de él.

De hecho, tengo plena consciencia de sentirme como un impostor ahora mismo, mientras estoy aquí arriba, como un pseudoexperto, con una sensación a la que ni siquiera podía nombrar hace unos meses, cuando acepté esta charla.

Lo que, si lo piensan, es la idea,

¿no?


(Risas)
Gracias
(Aplausos)

https://www.ted.com/talks/mike_cannon_brookes_how_you_can_use_impostor_syndrome_to_your_benefit/

 

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