La Isla de Pascua: Entre la historia y la leyenda

 




 



En el océano Pacífico a 3600 kilómetros de las costas de la República de Chile, América del Sur, y a 1.900 de la Polinesia, se encuentra la isla de Pascua, pequeña y solitaria en la inmensidad de los mares.

Es un lugar de atracción y de misterio, de leyenda y de sortilegio, alimentados por la presencia de gigantescas estatuas monolíticas, que son el primer eslabón de una larga cadena de enigmas.

 

La isla de Rapa Nui (bautizada isla de Pascua en 1722) es de forma triangular, tiene una superficie de 179 km2 y fue formada por sucesivas explosiones volcánicas.

 

La isla de Pascua es un triángulo de apenas 179 km2 y está ubicada en el S.E. de la Polinesia. Pero los primitivos habitantes la denominaron Rapa Nui que, paradójicamente, quiere decir “Isla Grande”, y, también, “Te pito te henua”, que significa nada menos que “ombligo del mundo”.

Geográficamente pertenece a la Polinesia; políticamente, a Chile. Es de origen volcánico y el clima es suave y hospitalario.

Desde el día del descubrimiento fue un enigma para etnólogos y antropólogos; una desesperada búsqueda para desentrañar sus misterios; una constante lucubración de fantasías.

Sólo en la década del 50 y tras pacientes investigaciones de un etnólogo noruego se reconstruyó trabajosamente su historia.

Frente a las fabulaciones seculares se erigió la racional comprensión de la ciencia.

 

UN DÍA DE PASCUA

Fue un marino holandés, el almirante Jacobo Roggeveen, quien descubrió la isla.

Como el descubrimiento se realizó el domingo de Pascua de Resurrección, el 5 de abril de 1722, la bautizó con ese nombre.

Fueron los marinos de Roggeveen los primeros que vieron las enormes esculturas escalonadas.
También hallaron la isla habitada por dos pueblos distintos: uno, formado por individuos de elevada estatura y piel clara. Como los nobles u orejones incaicos, hombres y mujeres se alargaban extrañamente los lóbulos de las orejas, perforándolos y colgando de los agujeros grandes pesos. Por ello se les llamó “orejas largas” o Anau eepe.

El otro pueblo era más bajo y tenía la piel oscura. Se le llamaba “orejas cortas” o Anau momoko.

Observaron también que, ante las estatuas, el pueblo de los “orejas largas” se postraba en adoración y prendía fuegos.

Otra cosa que les llamó la atención fue el hecho de que los habitantes no dispusieran sino de pequeñas y simples herramientas de piedra, semejantes a las de los hombres primitivos. Y se preguntaban extrañados cómo podía ser que con esos elementos rudimentarios hubieran podido esculpir y erigir las gigantescas estatuas que se hallaban en la isla.

De igual modo, el enigma permaneció insondable para los otros navegantes que, a lo largo de los tiempos, llegaron a dicha isla.

 

ENIGMAS de la Isla de Pascua

Cuando el navegante holandés Jakob Roggeveen llegó a Pascua, la encontró habitada por dos pueblos diferentes.

En 1770, una expedición española la halló poblada. En cambio, cuando arribó a ella el navegante inglés James Cook estaba deshabitada.

Fue en el año 1774, y Cook, que era un incansable explorador de las islas del Pacífico, observó que aquélla era una cultura en decadencia. Sólo quedaban ruinas de construcciones, aldeas e instalaciones portuarias.

Los franceses de Jean Doutrou Bornier -doce años más tarde- la vieron nuevamente poblada, pero la mayoría de las estatuas habían sido abatidas y abandonadas y ya no se rendía culto a esas imágenes.

Estos sucesos inexplicables, unidos a los precedentes, hicieron de la isla de Pascua uno de los lugares mas misteriosos y fascínantes de la Tierra.

La Isla de Pascua
La Isla de Pascua

la Isla de Pascua  de los tiempos primitivos

Es el año 857 d. de J.C. la fecha más antigua, conocida hasta el momento, de la ocupación de la isla, según investigaciones del antropólogo norteamericano William Mulloy.

De acuerdo con leyendas locales, el rey o ariki, Hotu Matua, que fue vencido en una guerra en su isla de origen en el Este polinesio, envió mensajeros a explorar nuevas tierras para emigrar con su gente.

Después de muchos días de navegación vieron Rapa Nui, donde desembarcaron en la playa de Anakema.

Los primitivos habitantes desarrollaron una economía donde la subsistencia y vivienda eran fáciles de obtener.

Vivían en grupos familiares en la costa.

Una comunidad típica estaba constituida por uno o varios ahus, que eran altares al aire libre, y un villorrio.

El ahu, erigido en la costa, constaba de estatuas -los “moais”- que miraban hacia el interior de la isla, protegiendo a sus habitantes.

En la parte frontal del ahu había una estrecha plataforma de piedras.




Frente al altar se levantaba la plaza ceremonial, y a continuación las viviendas con sus respectivas plantaciones.

Poseían un lenguaje escrito, “rongo-rongo”, que nunca fue descifrado, y una ciudad ceremonial, en la que se cumplían los ritos religiosos, llamada Orongo.

Vista de los imponentes y enigmáticos “moais”, o gigantescas estatuas de piedra que tanto interesan a los arqueólogos e investigadores.

El tallado de figurillas de piedra o de madera es una de las artesanías más productivas de los habitantes de Rapa Nui.

A cinco kilómetros de Hanga Roa, principal villorrio habitado en la isla, se encuentra esta hilera de “moais” que miran a un “ahu” o altar al aire libre.

Rapa Nui
Rapa Nui

HEYERDAHL Y SU INVESTIGACIÓN

Los sucesos de la misteriosa isla atrajeron a ella al etnólogo noruego Thor Heyerdahl, quien vivió varios años entre los nativos y llevó a cabo una minuciosa investigación, examinando atentamente los monumentos.

Los resultados de su campaña de prospección arqueológica los expuso en su obra “Aku-Aku”, aparecida en 1958.

Según Heyerdahl, Rapa Nui estaba habitada por dos pueblos: los “orejas largas”, llegados probablemente del continente americano, y los “orejas cortas”, que procedían de la Polinesia.

Los primeros eran la nobleza, la clase dirigente, en tanto que los “orejas cortas” pertenecían a la clase trabajadora, los encargados de ejecutar las duras tareas de labrar la piedra y llevarla con mil penurias a todos los puntos de la isla.

El enajenamiento místico en que los había hecho caer el culto desmedido a los “moais” y el esfuerzo y dedicación de recursos humanos que su construcción requería, llevaron a la economía de la isla a una grave crisis.

Todos los hombres estaban ocupados en la tarea de picapedreros, y las labores productivas, como la pesca y la agricultura, fueron relegadas, generándose hambre en la población.

 

LOS MONUMENTALES OREJONES de la Isla de Pascua

Las esculturas eran modeladas en el volcán Rano Raraku y luego cortadas a golpes con hachas de piedra dura.
Algunas estaban coronadas con pelucas rojizas, “hani hani”, que se tomaban del volcán Puna Pau, impresionantes.

Los moais -que es el nombre aborigen de las estatuas- son figuras compuestas por cabeza y tronco que fueron levantadas sobre podios escalonados, los ahus, que eran los centros ceremoniales.

Los rostros exhiben nariz respingona, largas orejas y boca muy delgada. Es decir que los amos de la isla las hicieron esculpir a su imagen y semejanza.

Los especialistas han destacado la fuerza y la exacta simplicidad con que han sido labradas estas singulares imágenes, por seres aislados de todo contacto exterior.

En su abreviación maravillosa transmiten algo fatal, genésico, ingobernable, como si los dictados de la obra vinieran dictados de lo más profundo y oscuro del sentimiento humano.

 

Moais de La Isla de Pascua

LA REBELIÓN DE LOS “OREJAS CORTAS”

El trato inhumano a que fueron condenados los “orejas cortas” engendró el espíritu de rebelión, que desembocó en una larga y sangrienta guerra.

De ambos lados se combatió con ferocidad, hasta que los esclavizados vencieron y mataron a sus enemigos.

Pero esto no significó la paz para Rapa Nui; más bien marcó el comienzo de una nueva guerra de guerrillas en la que participaron las familias de los vencedores.

La contienda duró años. Pero como la isla era pequeña y no ofrecía escondrijos seguros, cada familia excavó un refugio subterráneo secreto en el cual transcurría la mayor parte de su vida.

La existencia de esta ciudad subterránea explica las causas por las cuales los ingleses encontraron a Pascua deshabitada.
Estas cuevas poseen esculturas inéditas: los “petroglifos” -que son adornos esculpidos en piedras- y los “tolomitos”, objetos tallados en hibiscus, un arbusto que produce la única madera que puede encontrarse en la isla.

Al ser vencidos por el viento, los troncos toman posturas naturalmente caprichosas que asemejan peces, tiburones o figuras humanas.

Los aborígenes completaron sus hechuras con la talla y crearon imágenes ancestrales idealizadas, que repitieron con la sola variación de las medidas del tronco.

 




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