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Dámaso Alonso

Dámaso Alonso nació en Ma­drid el 22 de octubre de 1898 y murio también en Madrid el 25 de enero de 1990.

Entre sus obras des­tacan Hijos de la ira, Hombre de Dios, Oscura noticia, además de varios ensayos.

Fué miembro de la Real Academia Española de la Lengua.

Dámaso Alonso

Dámaso Alonso

El abejorro zumbón de Dámaso Alonso

¡Cuántas veces nos hemos detenido a contemplar las incesantes idas y venidas de un moscardón, su vuelo incansable, acompañado por ese zumbido que llega a obsesionarnos!

La mosca y sus afines son, quizá, los animales más extendidos del globo terrestre.

En cualquier región, país o continente pueden verse esos insectos de cuerpo negro y peludo, con sus ojos salientes y su trompa chupadora, volar alrededor de alimentos, basuras y detritus; sus larvas viven en los estercoleros, en los cadáveres y en los excrementos. Cuando llega el calor, su alucinante zumbido y su persistente y enloquecedor revoloteo en torno a la cama o a la mesa llegan a ser obsesionantes; y aunque parezca que las flores, la luna, el mar y el amor son los temas preferidos de los poetas, esos feos y molestos insectos pueden ser también capaces de inspirar a un poeta.

 

 

Para Dá­maso Alonso, la exasperante presencia de un moscardón verde, de un abejorro, se ha convertido en la obsesión en estos versos:

«Tú. Siempre tú. Ahí estás, moscardón verde, hocicándome testarudo, batiendo con zumbido interminable tus obstinadas alas, tus poderosas alas velludas, arrinconando esta conciencia, este trozo de conciencia empavorecida, izándola a empellones tenaces sobre las crestas últimas, ávidas ya de abismo. Alguna vez te alejas, y el alma, súbita, como oprimido muelle que una mano en el juego un instante relaja, salta y se aferra al gozo, a la esperanza trémula, a luz de Dios, a campo del estío, a estos amores próximos que, mudos, en torno de mi angustia, me interrogan con grandes ojos ignorantes. Pero ya estás ahí, de nuevo, sordo picón, ariete de la pena, agrio berbiquí mío, carcoma de mi raíz de hombre. ¿Qué piedras, qué murallas quieres batir en mí, oh torpe catapulta? Sí, ahí estás, peludo abejarrón. Azorado en el aire, sacudes como dudosos diedros de penumbra, alas de pardo luto, oscilantes, urgentes, implacables al cerco. Rebotado de ti, por el zigzag de la avidez te enviscas en tu presa, hocicándome, entrechocándome siempre. No me sirven mis manos ni mis pies, que afincaban la tierra, que arredraban el aire, no me sirven mis ojos, que aprisionaron la hermosura, no me sirven mis pensamientos, que coronaron mundos a la caza de Dios. Heme aquí, hoy, inválido ante ti, ante ti, infame criatura, en tiniebla nacida, pequeña lanzadera que tejes ese ondulante paño de la angustia, que me ahoga y ya me va a extinguir como se apaga el eco de un ser con vida en una tumba negra. Duro, hiriente, me golpeas una y otra vez, extremo diamantino de vengador venablo, de poderosa lanza. ¿Quién te arroja o te blande? ¿Qué inmensa voluntad de sombra así se obstina contra un solo y pequeño (¡y tierno!) punto vivo de los espacios cósmicos? No, ya no más, no más, acaba, acaba, atizonador de mi delirio, hurgón de esto que queda de mi rescoldo humano, menea, menea bien los últimos encendidos carbones, y salten las altas llamas purísimas, las altas llamas cantoras, proclamando a los cielos la gloria, la victoria final de una razón humana que se extingue.»

A Dámaso Alonso, como a otros poetas de la generación del 27, le obsesionan los problemas pequeños que pueden llegar a ser grandes, como el de los versos de esta poesía, y los problemas que son grandes y que es difícil hacer pequeños: la muerte, la existencia del Hombre, la angustia del tiempo que se va para siempre.

 

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