¿Cuando una obra de arte es buena?

¿CUÁNDO ES HERMOSA UNA OBRA DE ARTE?
Muchos sostienen: «Todo es arte.» Lo es el pintor que coge una silla de hierro, se pone en medio de una calle, y se coloca un cartel que dice: «Miradme, con esto basta.» Lo es el escultor Christo que empaquetó la Puerta Pinciana de Roma con paños de nailon, u ocultó el Valle de Aspen, en el Colorado, con un telón gigante de polipropileno, suspendido de un cable de acero




¿Cuando una obra de arte es buena?

¿Cuando una obra de arte es buena?

Lo es el «pop-art» que exhibe botellas de Coca-Cola, banderas, cómics y trozos de carteles o tejidos; el «arte pobre», que hace lo mismo con trapos, corchos y carbón; el «land-art», que se propone dejar una marca en la naturaleza (por ejemplo un largo surco en la arena de una playa), o el «happening» que, a lo mejor, consiste en un individuo que en lugar de poner una obra sobre un pedestal, se desnuda y se pone él mismo.
La gente no se orienta y dice: en estos experimentos «demasiado modernos no se entiende nada», y decreta su próximo fin Pero también hay expertos que no están de acuerdo. «La van-guardia —sostenía Corrado Cagli—, es Rafael y Piero della Francesca, si se los estudia…»
Intentemos por lo menos resumir los términos más corrientes, para favorecer una orientación. De un cuadro de Claude Monet (Impression: soleil levant) —expuesto en 1874 en París, en una exposición particular— nació el nombre de «impresionismo». Su tendencia artística es la de oponerse a la pintura académica y tradicional, la de atrapar lo esencial, la sensación inmediata, los efectos de la luz, los rostros y los lugares de la realidad cotidiana: una fiesta, un baile, una excursión. Fue la corriente más importante del pasado siglo; en ella militaron Renoir, Cézanne, Degas, Manet, Pissarro y Sisley.
El «expresionismo» subraya, de manera a menudo exasperada, la independencia del autor en relación con los datos del mundo exterior. La vida se ve desde dentro y se interpreta, se falsea incluso, con la conciencia o fantasía propias. Así fue como nacieron los campos de girasoles de Van Gogh; los rabinos, las cabras y los enamorados que vuelan en Marc Chagall; y los fantasmas rojos y blancos que bailan en las telas de Eduard Munch. También fueron representantes del expresionismo Matisse, Ensor y Kokoschka.
El «arte abstracto», como es obvio, no busca relación alguna con la realidad, porque es una pretensión absurda y una ilusión el querer interpretarla; el artista se jacta de su verdad, bajo el empuje de sus emociones, y de una percepción especial. También incide en la arquitectura y en las artes aplicadas, y tiene sus campeones en Kandinsky, Mondrian, Klee, Basaldella y Capo- grossi.
El «cubismo» es la más importante de las modernas corrientes figurativas; el primer nombre que nos viene a la memoria es el de Picasso. Se descompone el objeto, y también la figura humana; ya no se recurre a las reglas de la perspectiva y el modelo desaparece, analizado en cada una de -sus partes. La palabra que lo define tiene su origen en la expresión jocosa (cubisme) empleada por Henri Matisse frente al cuadro Estaque de Georges Braque. También son grandes representantes de esta escuela: Fernand Léger, Klee y Picabia.
El «dadaísmo» es un movimiento que toma su nombre del balbuceo de los niños; en efecto, rechaza los valores racionales, exalta los instintivos, y subraya lo arbitrario, lo infundado, lo inútil, el juego; Max Ernst, Tristán Tzara, Hans Arp y Hans Richter son sus representantes más significativos.
A pesar de ser el iniciador de la pintura llamada por él mismo «metafísica», Giorgio De Chirico representa un capítulo esencial del «surrealismo», que toma en cuenta a Freud, los sueños y el subconsciente, con visiones que trascienden del mundo que nos rodea para recalar en el psicoanálisis y las alucinaciones oníricas. Las estatuas clásicas, los maniquís y las ruinas arqueológicas de De Chirico llenan de sombras sus plazas italianas. En los retratos de René Magritte hay dos pequeño» pechos en lugar de ojos y un pez —agonizando en una playa—
tiene dos largas piernas de mujer; en muchos cuadros de Salvador Dalí aparecen relojes en descomposición.
Cuando el encantamiento termina, se llega a los carteles de tráfico, a las muñecas rotas, a las latas de sopa de verduras y a las fotografías de Marilyn Monroe coloreadas y multiplicadas de Andy Warhol y compañía, para proporcionarle al público imágenes y reacciones habituales, o a los «hiperrealistas», que pintan un prado con matronas americanas de yeso policromado, presuntas viudas de paseo, que llevan gafas, impermeables de plástico y guías turísticas en la mano, mostrando gorduras y carnes humilladas, como si estuvieran verdaderamente vivas.
Refiriéndonos a lo práctico, diremos que existe un mercado de tales obras, así como de la escultura y de la parte gráfica, y que muchos se preguntan cuáles son sus valores, pero un experto, François Duret-Robert, afirma que estas valoraciones van demasiado unidas a las «apuestas de los estetas». Los aficionados, o los coleccionistas, deben tener presentes los elementos que intervienen en la formación del precio: 1) la notoriedad del pintor; 2) la autenticidad del cuadro; 3) su historia; 4) el tema; 5) su rareza; 6) la calidad de la pintura. Pero no existe una relación matemática entre el dinero y el arte, «esta magia —como dice Adorno— liberada de la mentira de ser verdad».

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