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Christopher McDougall: ¿hechos para correr? – Charla TEDxPennQuarter

Charla «Christopher McDougall: ¿hechos para correr?» de TEDxPennQuarter en español.

Christopher McDougall explora los misterios del deseo humano por correr. ¿En qué benefició correr a los primeros humanos en su lucha por la supervivencia? Y ¿qué impulsos ancestrales nos animan hoy a seguir corriendo? En TEDxPennQuarter, McDougall nos cuenta la historia de la maratoniana del corazón de oro, la del inverosímil súper corredor y la de una tribu oculta en México que «corre para vivir».

  • Autor/a de la charla: Christopher McDougall
  • Fecha de grabación: 2010-07-11
  • Fecha de publicación: 2011-02-03
  • Duración de «Christopher McDougall: ¿hechos para correr?»: 952 segundos

 

Traducción de «Christopher McDougall: ¿hechos para correr?» en español.

Derecha, izquierda, derecha, izquierda…

eso es correr,

¿no?

Hemos estado corriendo los últimos dos millones de años, así que sería arrogante por mi parte pensar que tengo algo que decir que no se haya dicho ya, o que puedo explicarlo mejor.

Lo interesante de correr es que cuando lo hacemos siempre ocurren cosas raras.

Un caso: hace dos meses, si vieron el maratón de Nueva York, les aseguro que vieron algo jamás visto.

Una etíope llamada Derartu Tulu ha ido a participar.

Tiene 37 años, no ha ganado ningún tipo de maratón en 8 años, y hace solo unos meses estuvo a punto de morir al dar a luz.

Derartu Tulu estaba a punto de retirarse del deporte, pero decidió intentarlo y jugárselo todo en un último intento: la prueba de referencia, el maratón de la ciudad de Nueva York.

Malas noticias para Derartu Tulu: no fue la única en tener esa idea.

También acudieron la medalla de oro olímpica y Paula Radcliffe, un monstruo, la maratoniana más rápida de la historia, a solo 10 minutos del récord masculino.

Paula Radcliffe es básicamente invencible.

Ese es su deporte.

Dan la salida, Derartu no está en la cola, está todavía más atrás.

Pero en la cola de la cola aguanta.

Y en el km 35 de una carrera de 40 km, ahí está Derartu Tulu, con el grupo en cabeza.

Aquí es donde ocurre algo raro.

Paula Radcliffe, la que seguro le va a quitar el premio de las manos a Derartu Tulu, el caballo perdedor, de pronto se agarra la pierna y retrocede.

Todos sabemos qué hacer en esa situación,

¿no?

Le das un codazo en la y sales corriendo hacia la línea de meta.

Derartu Tulu no sigue el guion.

En vez de acelerar, retrocede, agarra a Paula Radcliffe y le dice: «Venga, vamos.

Puedes hacerlo».

Y Paula Radcliffe, por desgracia, lo hace.

Alcanza al grupo que va en cabeza y aprieta el ritmo hacia la meta.

Pero vuelve a retroceder.

Esta vez Derartu Tulu la agarra y tira de ella, pero en ese momento Paula Radcliffe le dice: «Estoy fuera.

Vete».

Es una historia fantástica y todos sabemos cómo acaba: ha el premio pero se vuelve a casa con algo más valioso.

Pero Derartu Tulu vuelve a desobedecer el guion.

En vez de perder, acelera y sobrepasa al grupo en cabeza, y gana el maratón de Nueva York, y se lleva a casa el gran premio.

Es una historia reconfortante, pero si intentamos profundizar hemos de preguntarnos qué demonios ocurrió exactamente.

Dos valores atípicos en un mismo organismo no son una coincidencia.

Cuando alguien es el más competitivo y el más compasivo en una carrera, tampoco es una coincidencia.

Si veo una criatura palmípeda y con branquias, sé que hay agua por alguna parte.

Alguien con un corazón así…

debe haber algún tipo de conexión.

Y creo que podemos encontrar la respuesta en las Barrancas del Cobre en México, donde vive una tribu solitaria, los tarahumara.

Los tarahumara son excepcionales por tres cosas.

La primera es haber vivido sin grandes cambios durante los últimos 400 años.

Cuando los conquistadores llegaron a Norteamérica había dos opciones: luchar contra ellos o quitarse de en medio.

Los mayas y los aztecas lucharon, por eso quedan tan pocos.

Los tarahumara siguieron una estrategia diferente.

Se fueron y se escondieron en las Barrancas del Cobre, una red laberíntica de cañones parecida a una telaraña.

Y allí han estado desde el siglo XVII, prácticamente sin grandes cambios.

La segunda proeza de los tarahumara es que con 70 u 80 años no corren maratones, ¡sino megamaratones! No andan 40 km, sino 120 km o 200 km en un día, sin ninguna lesión ni problema.

La última proeza de los tarahumara es que no conocen ninguna de las cosas de las que vamos a hablar hoy aquí.

Todo lo que intentamos resolver con nuestra tecnología y nuestra inteligencia, cosas como los problemas cardíacos y el colesterol y el cáncer, y el crimen y la guerra y la violencia y la depresión clínica, los tarahumara no saben de qué estamos hablando.

Son libres, no sufren ninguno de estos achaques modernos.

¿Cuál es la conexión?

De nuevo, los valores atípicos.

Debe haber alguna relación causa-efecto aquí.

Hay algunos equipos científicos de las universidades de Harvard y Utah que se exprimen el cerebro tratando de entender lo que los tarahumara han sabido siempre.

Intentan resolver los mismos misterios.

De nuevo, un misterio dentro de otro misterio.

Quizá la clave para entender a Derartu Tulu y a los tarahumara se encuentra en estos otros tres misterios…

Bueno, si tenéis la respuesta subid aquí arriba y hablad, porque nadie más en el mundo la tiene.

Así que si la tenéis, sois los más listos del planeta.

Primer misterio: hace dos millones de años, el tamaño del cerebro humano creció desproporcionadamente.

Los australopitecus tenían un cerebrito, de pronto aparecen los humanos (el homo erectus) con un cerebrón.

Para mantener un cerebro de ese tamaño, se necesita una fuente de energía calórica concentrada.

En otras palabras: comíamos animales muertos.

No es una hipótesis, es un hecho.

El único problema es que las primeras armas afiladas aparecieron hace 200 000 años.

De alguna forma estuvimos matando animales durante dos millones de años sin armas.

Pero no usábamos la fuerza porque éramos las mariquitas de la jungla.

Cualquier otro animal es más fuerte que nosotros.

Tienen colmillos, garras, son ágiles, son veloces.

Creemos que Usain Bolt es rápido, cuando cualquier ardilla le ganaría.

No somos rápidos.

El próximo evento olímpico podría consistir en atrapar una ardilla.

Quien la atrape, consigue la medalla de oro.

Así que sin armas ni velocidad ni fuerza ni colmillos ni garras,

¿cómo los matábamos?

Ese es el misterio número uno.

Misterio número dos: las mujeres llevan ya unos años en los Juegos Olímpicos, pero algo sorprendente es que todas las velocistas son horribles, son malísimas.

No hay ninguna mujer rápida en el mundo ni nunca la ha habido.

La mujer más rápida hizo una milla en 4,15 seg.

[2,59 seg/Km] En una secundaria, podría elegir un chico al azar y tardaría menos de 4,15.

Por alguna razón las chicas sois muy lentas.


(Risas)
Pero si hablamos, como antes, del maratón…

Solo habéis podido correrlo los últimos 20 años, porque antes de los 80 la medicina decía que si una mujer corría 40 km,

¿saben lo que les ocurriría si intentaran correr 40 km?

¿Por qué se les prohibía correr los maratones antes de los 80?

(Un asistente: se les desgarraría el útero).

Sí, se les desgarraría el útero.

Sí, vuestros órganos reproductivos se desgarrarían.

El útero se desprendería y se saldría literalmente de vuestro cuerpo.

Yo he estado en muchos maratones y todavía no he visto ninguno.


(Risas)
Solo hace 20 años que participáis en los maratones y en ese periodo de aprendizaje tan corto habéis ido desde los órganos desgarrados hasta el hecho de estar a solo 10 minutos del récord masculino.

Si vamos más allá de los 40 km, distancias que según la medicina eran mortales para los humanos (recuerden que Filípides murió después de correr 40 km), los maratones de 80 km o 160 km son pruebas totalmente diferentes.

Si ponemos a una corredora como Ann Trason, Nikki Kimball o Jenn Shelton en una carrera de 80 km o 160 km contra cualquier otra persona en el mundo, el ganador será impredecible.

Les pondré un ejemplo.

Hace un par de años, Emily Baer se apuntó a una carrera llamada Hardrock 100 [160 km], cuyo nombre nos dice todo lo que hace falta saber.

Para terminar esta carrera tienes 48 horas.

De 500 corredores, Emily Baer llegó en octavo lugar, entre los 10 primeros, aun habiendo parado en los puestos de abastecimiento para amamantar a su bebé.

Aun así, venció a 492 personas.

Último misterio:

¿por qué las mujeres se hacen más fuertes a medida que las distancias crecen?

Misterio número tres: en la Universidad de Utah empezaron a estudiar los tiempos de algunos maratonianos.

Lo que descubrieron fue que si empiezas a correr maratones a los 19 te irás haciendo más rápido año tras año hasta alcanzar a los 27 tu marca máxima.

Después de eso, sucumbes a los rigores de la edad y te vas haciendo más lento hasta que vuelves a tener la misma marca que tenías a los 19.

Así que son 7 u 8 años para alcanzar tu récord y después vas haciéndote más lento hasta que llegas a donde empezaste.

Podríamos pensar que nos llevaría otros 8 años volver a la misma marca, o quizá 10, pero no: nos lleva 45 años.

Los hombres y mujeres de 60 años corren tan rápido como cuando tenían 19.

Les desafío a que encuentren cualquier otra física (por favor, el golf no vale, algo que sea difícil de verdad) en la que los ancianos lo hagan igual de bien que los adolescentes.

Así que existen estos tres misterios.

¿Existirá una pieza en el rompecabezas que los conecte a los tres?

Deben ser muy precavidos cuando alguien les dé una respuesta global para algún misterio de la prehistoria, porque sobre la prehistoria cualquiera puede decir cualquier cosa y salirse con la suya.

Pero les propongo algo: si ponemos una pieza en el medio de este rompecabezas todo empieza a cobrar sentido.

Si se preguntan por qué los tarahumara no luchan o no mueren de enfermedades cardíacas, por qué una etíope llamada Derartu Tulu puede ser a la vez la más compasiva y la más competitiva, y por qué éramos capaces de encontrar comida sin armas, quizá es porque los humanos, aunque nos guste pensar que somos los dueños del Universo, evolucionamos como simplemente una manada de perros de caza.

Quizá evolucionamos como una manada de cazadores.

Porque la ventaja que tenemos en el mundo silvestre no son ni los colmillos ni las garras ni la velocidad, lo único que hacemos realmente bien es sudar.

Sudamos muy bien.

Sudamos estupendamente, mejor que cualquier otro animal en la tierra.

Pero la ventaja de esa pequeña traba social es el hecho de que corremos largas distancias bajo un calor abrasador estupendamente.

Somos los mejores.

Tomen un caballo en un día caluroso y después de 8 o 10 km el caballo tiene que elegir: o respira o transpira y se enfría, pero no ambas.

Nosotros sí podemos.

¿Y si evolucionamos como una manada de cazadores?

¿Y si nuestra única ventaja biológica fuera el hecho de que podemos, en grupo, salir a la savana africana, elegir un antílope y perseguirlo en grupo hasta que se muera?

Eso es lo que podíamos hacer: correr mucho un día de calor.

Si eso fuera cierto, también lo serían otro par de cosas.

La clave de ser una manada de cazadores es la manada.

Si salen ustedes solos y tratan de cazar un antílope, les aseguro que al final tendremos dos cadáveres en la savana.

La manada sirve para aunar esfuerzos.

Necesitamos a los de 65 años, que llevan haciendo esto mucho tiempo, para saber qué antílope hemos de perseguir.

La manada se disgrega y se vuelve a reunificar.

Los expertos tienen que ser parte de la manada, no pueden estar a 15 km.

También deben estar las mujeres y los adolescentes, porque son los adolescentes y las madres en época de lactancia los que más se benefician de las proteínas de animal.

No nos vale matar al antílope y que la gente que se lo quiere comer esté a 80 km de distancia.

Necesitan formar parte de la manada.

Necesitamos también a los sementales de 27 años en su plenitud, para que lo cacen y los adolescentes deben estar ahí para aprender cómo se hace.

La manada no se separa.

Otra condición que ha de cumplirse: la manada no puede ser materialista.

No pueden cargar con todas sus cosas y tratar de cazar el antílope.

No puede ser una manada con rencillas y mal humor: «Yo no cazo el antílope de ese.

No lo soporto.

¡Qué se cace él su propio antílope!».

La manada debe tragarse su ego, ser cooperativa y aunar esfuerzos.

El resultado es, en resumen, una cultura sorprendentemente similar a la de los tarahumara, una tribu que no ha cambiado desde la Edad de Piedra.

Resulta convincente pensar que quizá los tarahumara solo hacen lo que nosotros hicimos durante dos millones de años.

Que somos nosotros los que nos hemos salido del camino.

Saben, pensamos que correr es algo extraño y ajeno, un castigo por haber comido demasiada pizza la noche anterior.

Pero quizá sea algo diferente.

Quizá hemos tomado esta ventaja natural que siempre hemos tenido y la hemos estropeado.

¿Cómo?

Bueno,

¿cómo se estropea cualquier cosa?

Tratamos de sacar tajada, intentamos empaquetarla y mejorarla y vendérsela a la gente.

Lo que pasó es que empezamos a fabricar ciertos objetos amortiguadores que mejoran la carrera: las zapatillas para correr.

Lo que de verdad me enoja de las zapatillas de correr es que aunque me compré millones seguían haciéndome daño.

Creo que, si alguien de la sala corre…

Recién tuve una conversación de dos minutos con Carol entre bastidores y me hablaba de la fascitis plantar.

Si conversan con un corredor, les garantizo que en 30 seg estarán hablando sobre lesiones.

Si evolucionamos como corredores, si esa es nuestra ventaja natural,

¿por qué lo hacemos tan mal?

¿Por qué nos hacemos daño?

Lo curioso de las lesiones de corredores es que son nuevas, son de nuestra época.

Si leen algo de folclore o de mitología, cualquier tipo de mito o historia fantástica, los corredores siempre se asocian a la libertad, la vitalidad, la juventud y el vigor eterno.

Solo en nuestra época se asocian con el miedo y el dolor.

Gerónimo solía decir: «Mis piernas son mi único amigo.

Solo confío en ellas».

Por eso los triatlones apaches solían consistir en correr 80 km por el desierto, meterse en una pelea cuerpo a cuerpo, robar unos caballos y volver corriendo a casa.

Gerónimo nunca decía: «

¿Sabes qué?

El talón de Aquiles me duele.

Necesito tomarme una semana de descanso», o «Necesito alternar.

No hice yoga, así que no estoy listo».

Los humanos corremos todo el tiempo.

Estamos hoy aquí, con nuestra tecnología digital.

Toda nuestra ciencia se debe a que nuestros antepasados hacían algo extraordinario cada día: confiaban en sus piernas y pies descalzos para correr grandes distancias.

¿Cómo volvemos a eso?

Bueno, aquí va mi primer consejo: desháganse de todo lo superfluo, del marketing.

Desháganse de sus apestosas zapatillas.

Dejen de obcecarse con las maratones urbanas: si tardas 4 horas eres una mierda, pero si tardas 3:59:59 eres genial porque te clasificas para la siguiente carrera.

Necesitamos recuperar la sensación de alegría y entusiasmo e, incluso, la desnudez que hizo a los tarahumara una de las culturas más serenas y sanas de nuestra era.

Pero

¿dónde está el beneficio?

, dirán.

¿Quemar las calorías del helado de la noche anterior?

Bueno, quizá haya algún otro beneficio.

Sin exagerar, pero traten de imaginar un mundo en el que todos pudiéramos salir a la calle y practicar un tipo de ejercicio físico que nos relaja y nos serena, nos hace más sanos, nos libera del estrés…

en el que nadie entra en la oficina como un maniaco furioso, en el que nadie vuelve a casa rendido por el estrés.

Quizá haya algún estadio intermedio entre lo que somos hoy día y lo que los tarahumara siempre han sido.

No estoy diciendo que volvamos a las Barrancas del Cobre y vivamos solo con maíz, que es la dieta preferida de los tarahumara; pero quizá haya algo intermedio.

Y si lo encontramos, quizá nos esté esperando un gigantesco premio Nobel.

Porque si alguien encontrara la manera de recuperar nuestra habilidad natural, de la que hemos disfrutado casi toda nuestra existencia, hasta los años 70 más o menos, sus beneficios, físicos y sociales, políticos y mentales, podrían ser prodigiosos.

Lo que veo hoy día es una subcultura cada vez más grande de corredores descalzos que se han deshecho de sus zapatillas.

Y lo que todos han descubierto es que cuando te deshaces de los zapatos, también se va el estrés, se van las lesiones y las molestias.

Y descubres lo que los tarahumara han sabido siempre: que correr puede ser muy divertido.

Yo mismo lo he vivido.

Siempre estaba lesionado hasta que con cuarenta años tiré mis zapatillas y con ellos se fueron todas mis molestias de corredor.

Con suerte es algo que todos podemos disfrutar.

Gracias por escuchar mi historia.

Muchas gracias.


(Aplausos)

https://www.ted.com/talks/christopher_mcdougall_are_we_born_to_run/

 

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