Miniatura mozárabe: Los Beatos

 




 



La miniatura mozárabe: los Beatos.

Desde finales del siglo IX se inicia en España la miniatura mozárabe. En esta miniatura los rasgos artísticos musulmanes son evidentes en la indumentaria, en los arcos de herradura y en motivos ornamentales. Menos frecuentes son los elementos norteños, entre los que destaca el entrelazado laberíntico, anticlásico, a veces con terminaciones zoomórficas, de origen carolingio e irlandés. Estos entrelazados irán aumentando a medida que se europeíza la miniatura española y pierde su originalidad.

Beato de El Burgo de Osma
Beato de El Burgo de Osma

El perfeccionamiento de la caligrafía se acompaña de un gran esplendor miniaturístico. En medio todavía de las aceifas musulmanas los cristianos trataban de reconstruir la cultura, tarea particularmente incumbente a los monasterios, para los que se hacen libros minados. No es variado el repertorio de éstos: son, principalmente, Biblias y Comentarios al Apocalipsis de San Juan. Fueron escritos estos Comentarios en el siglo VIII por San Beato, monje del monasterio de Liébana, para combatir la herejía adopcionista. Adquirieron una importancia mayor al ser minados, hecho que sucede en el siglo X, coincidiendo con las ideas de un fin del mundo, tan frecuentes periódicamente en la historia de la humanidad. Parece evidente que la obsesión de un próximo fin fue intensa durante todo el siglo X.

Esta miniatura está ejecutada al aguazo, con tonos brillantes, convencionales, planos, encajados en un dibujo firme y redondeado; con pinceladas blancas se acusa tibiamente el claroscuro. Falta la perspectiva, aunque las figuras se sitúan sobre las fajas superpuestas de diversos colores, en orden a obtener un simbólico efecto espacial. La expresión es intensa y a ella se sacrifica lo real. De ahí el valor concedido a los rostros, donde resaltan unos grandes ojos de exorbitada mirada. La composición muestra una gran simplicidad: las caras se colocan de frente, los pies separados, todo expresado con la mayor claridad.

No se concibe una miniatura de esta importancia sin sus antecedentes. Los primeros ejemplares poseen ya la plenitud del estilo. Esto hace suponer que han desaparecido los restos de una miniatura precedente, que debe de tener en el Pentateuco Ashburnham el único vestigio. Porque, por otra arte, aunque esta miniatura acaba disolviéndose, a la vista salta su influjo sobre la pintura y la escultura románicas.

Texto y miniatura se equilibran. Los textos vienen a coincidir  con antecedentes visigóticos, lo que hace pensar  en un mismo vínculo para la miniatura.

La colocación de las miniaturas responde a diversos principios. Cuando se intercalan en e texto, aclaran su significado inmediato. Otras veces se introducen a página llena. En este caso puede suceder que respondan a un programa general, que se suele repetir en las series, como en los Beatos, pero también puede suceder que estas grandes miniaturas no guarden relación con el texto, sino que hagan alusión a la cultura de la época.

Se hace mucho empleo de la arquitectura, que por lo común indica una ciudad, aunque se trate de un solo elemento. Así una torre es indicio de Babilonia. Figuran también retratos de reyes, para expresar el principio de autoridad. El artista empieza a tener sentido de su personalidad. Tal es el caso de Vigila, que se autorretrata, trabajando en el escritorio del códice albedense. Es el complemento a tantas firmas introducidas en el texto, pues pocas veces se ha tenido tanta constancia de los autores de las miniaturas.

Cabe dividir la miniatura mozárabe en dos grupos: la hecha bajo el dominio musulmán y la realizada en zona liberada. Al primer grupo pertenecen los códices andaluces y toledanos. El arabismo es intenso en los libros andaluces, en tipos raciales, indumentaria, arcos de herradura y decoración (ataurique). El ejemplar más preciado es la Biblia Hispalense. Los códices toledanos siguen de cerca a los andaluces, en el estilo y en los temas, siendo dominante el influjo musulmán (Vitae Patrum, Diálogos de San Gregorio, etc.).




La miniatura castellana se distingue por la incomparable serie de Beatos, de los que  existen 28 ejemplares o fragmentos. De ellos tan sólo interesa consignar ahora los mozárabes. Contienen más de cien escenas, cuya composición se suele repetir, generalmente, a página llena. Pese al carácter  abstracto de esta miniatura castellana, se copian fielmente los elementos del mundo real, el mobiliario, los vestidos, etc., razón por la cual tales manuscritos constituyen preciados  materiales para la historia de este período. Los temas proceden en su mayoría del Apocalipsis de San Juan. Entre los más notables figuran los del Anticristo, los Cuatro Jinetes del Apocalipsis y el monstruo de las siete cabezas ante la Virgen.

El Diablo y el Infierno cobran importancia en estos Beatos. Revela el interés que ofrece lo demoníaco, como contraposición al Bien. Hay un deseo de objetivar tanto al personaje que entraña el mal, como su propia mansión. El gran desarrollo que estos temas alcanzarán en el arte románico, hace que los precedentes mozárabes deban ser especialmente tenidos en cuenta.

Se ha discutido la originalidad de los Beatos desde el  punto de vista gráfico. Unos piensan que representan una transformación de elementos artísticos paleocristianos; para otros, sin embargo, los Beatos son una creación en todo el sentido del arte español mozárabe. Ellos nos traen la imagen de un mundo inquietante y pavoroso, con lo cual se trata de levantar el espíritu cristiano del rebajamiento moral en que se hallaba. Cabe imaginar el espanto que su contemplación produciría en gentes sumidas en el envilecimiento. Esta expresividad gráfica pasa más tarde al arte románico.

Los Beatos representan la actividad de los monasterios, de suerte que ninguna relación guardan con los centros reales. Es evidente en ellos un sabor popular. Eso, sin duda, ha motivado la crítica despectiva de un cierto sector extranjero, que ve en esta miniatura un sentido arcaizante, haciéndola derivar de una no conservada miniatura formada en la decadencia romana. Desde luego el contraste con la miniatura europea contemporánea no puede ser más patente. Pero cabe preguntar si lo mejor en el campo artístico es siempre lo clásico. Al contrario, esta miniatura hace gala de una espontaneidad sin límites. Por lo pronto, los Beatos ofrecen el mayor repertorio temático de la miniatura medieval. El color sobrepuja a la línea, de suerte que el encanto principal de la obra es el cromatismo. Por eso se habla de un expresionismo del color. A la planitud de las tintas y la rigidez de las líneas se opone el dinamismo cromático. No puede ofrecerse nada parecido en la miniatura medieval, y ni que decir tiene que este arte, más que arcaizante, es de una modernidad asombrosa. Aquí se hace patente el sentido de imaginación y libertad de que siempre ha dado pruebas el arte español.

Como manifestación de este personalismo de la obra, en el colofón de cada Beato se coloca referencia indicativa de lugar, año y autor de los manuscritos y de las miniaturas. A Magio se considera como el verdadero definidor del estilo y de los  caracteres iconográficos de los Beatos. Él firma el Beato Morgan o Thompsoniano (952) y que hizo para el monasterio de San Miguel, créese que el de Escalada. A esta escuela de Magio pertenece también el Beato de Valcavado, pintado por Oveco en el 970; y el de Gerona, firmado por Emeterio, discípulo al parecer de Magio, y por la pintora Ende, que es la primera conocida de nuestra pintura nacional. Este mismo Emeterio termina el Beato de Tabarra, iniciado por Magio, una miniatura del cual contiene el scriptorium del monasterio. El Beato de Burgo de Osma contiene unos bellos jinetes montados en blancos caballos. El de la Biblioteca de Turín es del mismo estilo que el de Gerona y nos ofrece el repertorio temático más completo de la serie de los Beatos.

La escuela miniaturística de León está representada por las Biblias  de la catedral y de San Isidoro. Esta última va firmada por Sancho y Florencio en 960, a los que se cree discípulos de Magio y que figuran retratados en el códice. La Biblia de la catedral de León, pintada por el diácono Juan en el año 920, responde a un estilo sin conexión con el de los Beatos, propio de un artista no sometido a ninguna escuela.

Los códices Vigiliano y Emilianense, en los que están  recopiladas actas de los concilios cristianos, pertenecen a un arte distinto, caracterizado por el alargamiento de las proporciones, la tendencia a robustecer el modelado, la exquisitez, el gusto (algo académico) de la forma y un colorido independiente de las demás miniaturas. Sin embargo, este arte no tuvo consecuencia como el de los Beatos, acaso porque fue erudito y el de los Beatos popular. El Vigilano o Albeldense fue acabado en 976 por el escriba Vigila, ayudado por Sarracino y García. Contiene escenas diversas de la vida civil y religiosa y una curiosa galería de retratos reales. El Emilianense, pintado por Velasco en 992, copia ilustraciones del otro códice.

El mozarabismo alcanzó también a Cataluña, como acreditan las riquísimas  Biblias Farfa y Roda, hechas al filo del año 1000. En ellas se nota una gran influencia europea, que nos indica la causa principal de la decadencia de la miniatura mozárabe, que da paso enseguida a la románica. Sin embargo, nuestra pintura románica conserva muchos elementos de procedencia mozárabe.











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