En invierno las noches son largas y en verano son muy cortas. Pero hay dos momentos del año, a principios de primavera y de otoño, en los que el día y la noche duran exactamente lo mismo: son los equinoccios (del latín aequinoctium, “noche igual”).

Por qué el día no siempre dura lo mismo
El eje de rotación de la Tierra está inclinado siempre en la misma dirección respecto al plano en el que orbita alrededor del Sol. Por eso, en verano, cuando el hemisferio norte está más “inclinado hacia” el Sol, recibimos luz solar durante más horas al día; en invierno ocurre lo contrario, porque ese mismo hemisferio queda más “inclinado en contra” del Sol.
Los equinoccios son los dos momentos del año en los que el eje de la Tierra queda situado en un plano perpendicular a los rayos del Sol, de modo que la luz se reparte por igual entre ambos hemisferios y, en cualquier punto del planeta, el día y la noche duran prácticamente lo mismo: unas 12 horas cada uno.
Cuándo ocurren
El equinoccio de primavera en el hemisferio norte cae en torno al 20-21 de marzo, y el equinoccio de otoño, en torno al 22-23 de septiembre (en el hemisferio sur, las estaciones —y por tanto los equinoccios— están invertidas). Los equinoccios son además la época del año en la que se producen las mareas equinocciales, las más altas y más bajas de todo el año, porque el Sol y la Luna alinean mejor su fuerza de atracción sobre los océanos.