IVAN ILLICH: Citas y frases célebres



Recopilación de citas y frases célebres de IVAN ILLICH

IVAN ILLICH

La búsqueda de la salud se ha convertido en el principal factor patógeno.

IVAN ILLICH

La escuela es la agencia de publicidad que le hace creer a uno que necesita la sociedad tal como está

IVAN ILLICH (1971)

La escuela parece estar eminentemente dotada para ser la Iglesia Universal de nuestra cultura en decadencia (…) La escuela sirve eficazmente como generadora y sostén del mito social del progreso debido a que posee la estructura de un juego ritual de promociones graduales (…) La escuela es un rito iniciatorio que introduce al neófito a la carrera sagrada del consumo progresivo (…) El universitario titulado ha sido escolarizado para cumplir un servicio de reclutamiento entre los ricos de la tierra (…) La universidad moderna ha alienado su oportunidad de proporcionar sencillamente un marco para encuentros autónomos y anárquicos, orientados pero no planificados, entusiastas. En cambio, ha elegido convertirse en gerente de un proceso que fabrica los productos llamados investigación y docencia.

IVAN ILLICH (1971)

(…) Para la mayoría de los seres humanos, el derecho a aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela.

IVAN ILLICH (1971)

La distorsión industrial de nuestra percepción compartida de la realidad nos ha vuelto ciegos al nivel contrapropositivo de nuestra empresa. Vivimos en una época en que la enseñanza está planificada, la residencia estandarizada, el tráfico motorizado y las comunicaciones programadas, y donde por primera vez, una gran parte de todos los víveres consumidos por la humanidad pasan por mercados interregionales. En una sociedad tan intensamente industrializada, la gente está condicionada para obtener las cosas más que para hacerlas; se la entrena para valorar lo que puede comprarse más que lo que ella misma puede crear. Quiere ser enseñada, transportada o guiada en lugar de aprender, moverse, curar y hallar su propio camino.

IVAN ILLICH (1975)

La medicina socava la salud no sólo por agresión directa contra los individuos sino también por el impacto de su organización social sobre el ambiente total. Cuando el daño médico a la salud individual se produce por un modo sociopolítico de transmisión, hablaré de ‘yatrogénesis social’, término que designa todas las lesiones a la salud que se deben precisamente a esas transformaciones socioeconómicas que han sido hechas atrayentes, posibles o necesarias por la forma institucional que ha adquirido la asistencia a la salud. La yatrogénesis social designa una categoría etiológica que abarca muchas formas. Se da cuando la burocracia médica crea una salud enferma aumentando las tensiones, multiplicando la dependencia inhabilitante, generando nuevas y dolorosas necesidades, disminuyendo los niveles de tolerancia al malestar o al dolor, reduciendo el trato que la gente acostumbra a conceder al que sufre, y aboliendo aun el derecho al cuidado de sí mismo. La yatrogénesis social está presente cuando el cuidado de la salud se convierta en un ítem estandarizado, en un artículo de consumo cuando todo sufrimiento se ‘hospitaliza’ y los hogares se vuelven inhóspitos para el nacimiento, la enfermedad y la muerte; cuando el lenguaje en el que la gente podía dar expresión a sus cuerpos se convierte en galimatías burocráticas; o cuando sufrir, doler y sanar fuera del papel de paciente se etiquetan como una forma de desviación.

IVAN ILLICH (1975)

La única palabra con que los griegos designaban ‘medicamento’ –pharmakon- no distinguía entre el poder de sanar y el poder de matar.

IVAN ILLICH (1975)

El eclipse del componente moral explícito en el diagnóstico médico ha dotado así de poder totalitario a la autoridad asclepiádea.

IVAN ILLICH (1975)

La creencia de la gente en que sólo llamando al médico puede enfrentarse a la enfermedad hace más daño a la salud del que los médicos podrían jamás lograr imponiendo sus servicios a la ciudadanía.

IVAN ILLICH (1975)

La función negativa de dinero es la de indicar la devaluación de los bienes y servicios que no pueden comprarse. Mientras más alto sea el precio que se fija al bienestar mayor será el prestigio político de una expropiación de la salud personal.

IVAN ILLICH (1975)

Las poderosas drogas médicas destruyen con facilidad el patrón históricamente enraizado que adapta cada cultura a sus venenos; por lo común ellas causan más daño que provecho a la salud, y en última instancia establecen una nueva actitud en la cual el cuerpo se percibe como una máquina regida por conmutadores mecánicos y manipuladores.

IVAN ILLICH (1975)

Como mercancías, los medicamentos recetados se comportan en forma diferente de casi todos los otros artículos; son productos que el consumidor directo rara vez selecciona para sí mismo.

IVAN ILLICH (1975)

En todos los países, los médicos trabajan cada vez más en dos grupos de adictos: aquellos para los que recetan medicamentos, y aquellos que sufren las consecuencias. Cuanto más rica es la colectividad, mayor es el porcentaje de sus pacientes que pertenecen a ambos grupos.

IVAN ILLICH (1975)

Culpar a la industria farmacéutica de la adicción a los medicamentos prescritos es por tanto tan irrelevante como culpar a la Mafia del uso de drogas ilegales. La actual pauta de consumo excesivo de medicamentos- sean remedio efectivo o anodino, ya sea prescritos o parte de la dieta cotidiana, gratuitos comprados o robados- sólo puede explicarse como resultado de una creencia que hasta ahora se ha desarrollado en cada cultura donde el mercado para bienes de consumo ha alcanzando un volumen crítico. Esta pauta es consecuente con la ideología de cualquier sociedad orientada hacia el enriquecimiento sin límites, sin importar que su producto industrial se destine a la distribución por los cálculos de los planeadores o por las fuerzas del mercado. En tal sociedad, la gente llega a creer que en la asistencia a la salud, como en todos los otros campos de avance, la tecnología puede usarse para cambiar la condición humana de acuerdo a casi cualquier diseño.

IVAN ILLICH (1975)

En una sociedad donde la mayoría de la gente sufre una desviación certificada, el ambiente para tal mayoría desviada llegará a parecer un hospital. Pasar la vida en un hospital es obviamente malo para la salud. Una vez organizada una sociedad de tal modo que la medicina puede transformar a las personas en pacientes porque son nonatos, recién nacidos, menopáusicos o se hallan en alguna ‘edad de riesgo’, la población pierde inevitablemente parte de su autonomía, que pasa a manos de sus curanderos. La ritualización de las etapas de la vida no es nada nuevo; lo nuevo es su intensa medicalización.

IVAN ILLICH (1975)

La burocracia higiénica detiene a los padres frente a la escuela y al menos frente a la corte, y expulsa del hogar al anciano. Al convertirse en un sitio especializado, la escuela, el trabajo o el hogar se vuelven inadecuados para la mayoría de la gente. El hospital, la catedral moderna, domina este hierático ambiente de devotos de la salud. De Estocolmo a Wichita las torres del centro médico imprimen en el paisaje la promesa e un conspicuo abrazo final. La vida del poder y del rico se transforma en un peregrinaje a través de chequeos y de clínicas, de regreso hacia el pabellón donde comenzó. Así la vida se reduce a un ‘lapso’, a un fenómenos estadístico que, para bien o para mal, ha de planearse y configurarse institucionalmente. Este lapso de vida se inicia con el chequeo prenatal, cuando el médico decide si el feto y cómo habrá de hacerlo, y termina con una señal en un diagrama para ordenar que la resurrección se suspenda. Entre el parto y el final, este paquete de asistencia biomédica se ajusta mejor en una ciudad construida como matriz mecánica. En cada etapa de su vida la gente es inhabilitada específicamente para su edad. Los viejos son el ejemplo más obvio: son víctimas de tratamientos calculados para una condición incurable.

IVAN ILLICH (1975)

La carga principal de los padecimientos humanos está constituida por enfermedades agudas o benignas, que posee sus propios límites o que se controlan por unas cuantas docenas de intervenciones rutinarias. Dentro de una amplia gama de afecciones, aquellas que reciben menos tratamiento son probablemente las que evolucionan mejor.

IVAN ILLICH (1975)

En la mayoría de los casos, lo mejor que puede hacer un médico docto y consciente es convencer al paciente de que puede vivir con su impedimento, tranquilizarlo con la idea de una eventual recuperación o que habrá morfina disponible cuando la necesite, hacer por él lo que su abuela hubiera hecho, y dejar el resto en manos de la naturaleza.

IVAN ILLICH (1975)

Con ciertas reservas, los severos límites del tratamiento médico eficaz se aplican no sólo a condiciones que desde hace tiempo fueron reconocidas como enfermedades- reumatismo, apendicitis, falla cardíaca, males degenerativos y muchos padecimientos infecciosos- sino en forma aún más drástica a aquellas que sólo en fecha reciente generaron demandas de asistencia médica. Por ejemplo, la vejez, que en diversas instancias era considerada un privilegio dudoso o un final patético pero nunca una enfermedad, ha sido puesta recientemente bajo las órdenes médicas. La demanda de asistencia a la vejez ha aumentado, no sólo porque hay más ancianos que sobreviven, sino también porque hay más gente que exige ser curada de la ancianidad.

IVAN ILLICH (1975)

La expectativa de vida en el instante del nacimiento ha aumentado enormemente. Sobreviven muchos más niños, no importa cuán enfermizos sean y necesitados de un ambiente especial y de cuidados especiales.

IVAN ILLICH (1975)

Es una fortuna que pueda atenuarse algo del dolor que sufren los viejos. Pero desdichadamente la mayoría de los tratamientos para los ancianos que requieren intervención especializada no sólo suelen acrecentar du dolor, sino que cuando son eficaces, también lo prolongan.

IVAN ILLICH (1975)

Conforme más y más gente de edad adquiere el derecho a la asistencia profesional, declinan las oportunidades de envejecer con independencia.

IVAN ILLICH (1975)

La dependencia es siempre dolorosa, y sobre todo para los viejos. Los privilegios o la pobreza de la vida alcanzan un clímax en la vejez moderna. Sólo los muy ricos y los muy independientes pueden escoger evitar esa medicalización del período final a la que los pobres deben someterse y que se hace más intensa y universal conforme la sociedad en que vive se hace más rica.

IVAN ILLICH (1975)

La actitud empresarial hacia la elaboración de adultos económicamente productivos ha hecho de la muerte en la infamia un escándalo, de la incapacitación por enfermedad temprana una vergüenza pública. De la malformación congénita no corregida un espectáculo intolerable, y de la posibilidad del control natal eugenésico un tema favorito de los congresos internacionales en los años setenta.

IVAN ILLICH (1975)

Hasta épocas recientes la medicina intentaba reforzar lo que ocurre en la naturaleza. Fomentaba la tendencia de las heridas a sanar, de la sangre a cuajar y de las bacterias a ceder antes la inmunidad natural. Ahora la medicina trata de instrumentar los sueños de la razón. (…) Las terapias inducen al organismo a interactuar con moléculas o con máquinas en formas que no tienen precedente en la evolución. Los trasplantes implican la obliteración inmediata de defensas inmunológicas programadas genéticamente.

IVAN ILLICH (1975)

Cada sociedad tiene su ‘nosología’ –o clasificación de enfermedades- característica. El alcance de las condiciones clasificadas como enfermedad, y el número y las especies de enfermedades enlistadas cambian con la historia. La nosología oficial o médica reconocida en una sociedad puede estar desajustada en un alto grado con respecto a la percepción de la enfermedad compartida por una o varias clases de sociedad.

IVAN ILLICH (1975)

La suma total de impedimentos físicos debidos solamente a esta sustitución de la leche materna por alimentos comerciales para bebés resulta difícil de equilibrar con los beneficios derivados de la intervención médica curativa en las enfermedades infantiles y de la corrección quirúrgica de defectos natales que van desde el labio leporino hasta los defectos cardíacos.

IVAN ILLICH (1975)

Sin duda es verdad que una percepción social medicalizada refleja una realidad que está determinada por la organización de una producción a de capital intensivo, y que su correspondiente pauta social de familias nucleares, de agencias de beneficencia y de naturaleza contaminada es lo que degrada el hogar, el vecindario y el ambiente. Pero la medicina no se limita a reflejar la realidad; refuerza y reproduce el proceso que mina los dichos sociales dentro de los cuales se ha desarrollado el nombre. La clasificación médica justifica el imperialismo de los artículos comerciales, como los ‘baby foods’ sobre la leche materna y los hospicios de ancianos sobre un rincón en el hogar. Al convertir al recién nacido en un paciente hospitalizado hasta que se le certifique sano, y al definir las quejas de la abuela como necesidad de tratamiento más que de respeto paciente, la empresa médica no sólo crea una legitimidad biológicamente formulada para el hombre-consumidor sino también nuevas presiones para una escalada de la megamáquina. La selección genética de aquellos que encajan en la máquina es el próximo paso lógico del control médicosocial.

IVAN ILLICH (1975)

A medida que el tratamiento curativo se concentra cada vez más en afecciones para las que resulta ineficaz, costoso y doloroso, la medicina ha empezado a mercantilizar la prevención. El concepto de morbidez se ha ampliado para cubrir riesgos pronosticados. Junto con la asistencia a los enfermos, la asistencia a la salud se ha convertido en una mercancía, en algo por lo que uno paga en vez de algo que uno hace. Cuanto más alto es el sueldo que paga la compañía o más elevada la categoría de un aparathick, más se gastará en mantener bien aceitada esa valiosa pieza de la maquinaria. Los costos de mantenimiento de la mano de obra altamente capitalizada son la nueva medida de status entre quienes ocupan los peldaños superiores. La gente se mantiene a la altura de sus vecinos emulando sus ‘chequeos’ o check.ups, expresión inglesa que ha ingresado en los diccionarios franceses, serbios, españoles, malayos y húngaros. Se convierte a la gente en paciente sin estar enferma. Así, la medicalización de la prevención es otro síntoma importante de la yatrogénesis social. Tiende a transformar la responsabilidad personal por mi futuro en mi administración por parte de alguna agencia.

IVAN ILLICH (1976)

Irónicamente, los desórdenes asintomáticos graves que sólo este tipo de filtraje puede descubrir entre los adultos frecuentemente son enfermedades incurables cuyo tratamiento precoz sólo agrava el estado físico del paciente. En cualquier caso, transforma a gente que se siente sana en pacientes ansiosos por un veredicto.

IVAN ILLICH (1976)

Una vez que una sociedad se organiza para una cacería preventiva de enfermedades, otorga proporciones epidémicas a la diagnosis. Este triunfo último de la cultura terapéutica convierte la independencia del individuo sano en una intolerable forma de desviación. A la larga, la actividad principal de tal sociedad de sistemas dirigidos por dentro conduce a la promoción fantasmal de la expectativa de vida como una mercancía. Al equiparar al hombre estadístico con hombres biológicamente únicos se crea una demanda insaciable de recursos finitos. El individuo se subordina a las ‘necesidades’ mayores de la sociedad como todo, los procedimientos preventivos se hacen obligatorios y el derecho del paciente a negar consentimiento a su propio tratamiento se desvanece al argumentar el médico que debe someterse a la diagnosis, ya que la sociedad no puede permitirse la carga de procedimientos curativos que serían incluso más costosos.

IVAN ILLICH (1976)

El uso religioso de la técnica médica ha llegado a prevalecer sobre su propósito técnico, y la frontera entre el médico y el empresarios mortuorio se ha borrado. Las camas están llenas de cuerpos muertos ni muertos ni vivos. El médico conjurador se percibe a sí mismos como un administrador de crisis. En forma insidiosa provee a cada ciudadano en su última hora un encuentro con el opaco sueño de poder infinito de la sociedad. Como cualquier administrador de crisis bancarias, estatales o psiquiátricas, planea estrategias que se derrotan a sí mismas y ordena recursos que, en su inutilidad y futileza, parecen tanto más grotescos. En el último momento, promete a cada paciente ese derecho a la prioridad absoluta del que la mayoría de la gente se considera indigna. La ritualización de la crisis, rasgo general de una sociedad morbosa, consigue tres cosas para el funcionario médico. Le provee una licencia que por lo común sólo los militares pueden reclamar. Bajo la tensión de la crisis, el profesional que se supone al mando puede fácilmente considerarse inmune a las reglas comunes de justicia y decencia.

IVAN ILLICH (1976)

La medicalización de la asistencia terminal no sólo ritualiza sueños macabros sino que extiende la licencia profesional para actos obscenos: la escalada de tratamientos terminales libra al médico de toda necesidad de probar la eficacia técnica de los recursos que maneja. No hay límites a su poder de exigir cada vez más y más. Finalmente, la muerte del paciente coloca al médico más allá de todo control y toda crítica potenciales. En la última mirada del paciente y en la perspectiva de toda la vida de los ‘morituri’ no sabe la esperanza, sólo la última expectativa del médico.

IVAN ILLICH (1976)

El moderno temor a la muerte no higiénica hace que la vida aparezca como una carrera hacia la embollada terminal y ha quebrantado en forma única la confianza personal. Ha fomentado la creencia de que el hombre de hoy ha perdido la autonomía de reconocer cuándo ha llegado su hora y tomar la muerte en sus propias manos.

IVAN ILLICH (1976)

La falta de voluntad del paciente para morir a solar lo ata a una dependencia patética. Ha perdido ya la fe en su habilidad para morir, forma terminal que la salud puede adoptar, y ha convertido en importante tema de debate el derecho a que lo maten profesionalmente.

IVAN ILLICH (1976)

El disimulo alimenta a cualquier doctor que profiere diagnósticos sin fundamento clínico para ganar una opinión favorable vendiendo placebos inocuos. La evasión, o el abstenerse de comunicar un pronóstico con fundamento clínico, mantiene a oscuras al paciente y a su familia, y los deja que se enteren ‘de cualquier manera’ natural; permite al doctor evitar escenas y pérdidas de tiempo y emprender tratamientos que el paciente habría rechazado de saber que no pueden curarlo. La incertidumbre se cultiva a menudo como una conspiración entre médico y paciente para evitar la aceptación de lo irreversible, una categoría que no encaja en su ethos.

IVAN ILLICH (1976)

Paradójicamente, cuanto más atención se concentra en el dominio técnico de la enfermedad, mayor se hace la función simbólica no técnica ejecutada por la tecnología médica. Mientras menos pruebas hay de que una cantidad mayor de dinero aumenta la tasa de supervivencia en una rama dada del tratamiento del cáncer, más dinero se destina a las divisiones médicas despegadas en ese teatro específicos de operaciones.

IVAN ILLICH (1976)

Los procedimientos médicos se vuelven magia negra cuando, en vez de movilizar los poderes de autocuración, transforman al hombre enfermo en un yerto y mistificado voyeur de su propio tratamiento. Los procedimientos médicos se hacen religión malsana cuando se les realiza como rituales que enfocan toda la expectativa del enfermo en la ciencia y sus funcionarios, en vez de darle valor para buscar una interpretación poética a su dificultad o para encontrar un ejemplo admirable en alguna persona –vecina o muerta hace tiempo- que aprendió a sufrir. Los procedimientos médicos multiplican la dolencia por degradación moral cuando aíslan al enfermo en un ambiente profesional en vez de proporcionar a la colectividad los motivos y las disciplinas que acrecientan la tolerancia social hacia los afligidos. Los estragos mágicos, los daños religiosos y la degradación moral generados bajo el pretexto de un empeño biomédico son mecanismos cruciales que contribuyen a la yatrogénesis social. A todos los amalgama la medicalización de la muerte.

IVAN ILLICH (1976)

Cuando los médicos instalaron tienda por primera vez fuera de los templos de Grecia, la India y China, dejaron de ser curanderos. Cuando reclamaron un poder racional sobre la enfermedad, la sociedad perdió el sentido de este personaje complejo y de su poder de curación integrada que el hechicero-chamán o curandero había proporcionado.

IVAN ILLICH (1976)

Con el surgimiento de la civilización médica y los gremios curativos, los médicos se distinguieron de los charlatanes y los sacerdotes por conocer los límites de su arte. Hoy día la institución médica está reclamando de nuevo el derecho de practicar curas milagrosas. La medicina mantiene su autoridad sobre el paciente incluso cuando la etiología es incierta, el pronóstico desfavorable y el tratamiento de naturaleza experimental. El intento de realizar un ‘ médico’ es la mejor defensa contra el fracaso, puesto que los milagros pueden esperarse pero, por definición, no pueden garantizarse. El monopolio radical sobre la asistencia a la salud que el médico contemporáneo reclama la fuerza ahora a reasumir funciones gobernantes sacerdotales y que sus ancestros abandonaron al especializarse como técnicos. La medicalización del milagro proporciona una ulterior perspectiva de la función social de la asistencia terminal. El paciente es atado y controlado como un astronauta y luego se le exhibe por televisión. Estas heroicas hazañas sirven como danzas propiciatorias para millones y como liturgias en las cuales las esperanzas reales de una vida autónoma se transmutan en la falsa idea de que los médicos nos proporcionarán salud del espacio exterior.

IVAN ILLICH (1976)

Cuando el poder diagnóstico de la medicina multiplica a los enfermos en número excesivo, los profesionales médicos ceden la administración del sobrante a oficios y ocupaciones no médicas. Al desecharlos, los señores de la medicina se libran de la molestia de la atención de bajo prestigio e invisten a policías, maestros o jefes de personal con un poder médico derivativo. La medicina conserva la autonomía sin trabas para definir lo que constituye la enfermedad, pero tira sobre otros la tarea de hurga en busca de enfermos y de proveer para sus tratamientos.

IVAN ILLICH (1976)

Toda sociedad necesita para ser estable, la desviación certificada. Las personas de aspecto extraño o conducta rara son subversivas hasta que sus rasgos comunes han recibido un nombre formal y su alarmante conducta se ha clasificado en un casillero reconocido. Al asignarles un nombre y un papel, los excéntricos misteriosos e inquietantes se domestican, convirtiéndose en excepciones previsibles a las que se puede mimar, evitar, reprimir o expulsar.

IVAN ILLICH (1976)

En la mayoría de las sociedades hay ciertas personas que asignan papeles a los que se salen de lo común; de acuerdo con la prescripción social prevaleciente, suelen ser aquellas que poseen un conocimiento especial acerca de la naturaleza de la desviación: ellos deciden si el desviado está poseído por un espíritu, dirigido por un dios, infectado por un veneno, castigado por sus pecados o si ha sido víctima de la venganza de un brujo. El agente que reparte estas etiquetas no tiene necesariamente que ser comparable con la autoridad médica: puede tener poder jurídico, religioso o militar. Al nombrar al espíritu que subyace la desviación, la autoridad coloca al desviado bajo el control del lenguaje y de las costumbres y lo convierte, de una amenaza en un apoyo del sistema social. Socialmente, la etiología se cumple por sí misma: si se piensa la posesión divina, el dios habla en el ataque epiléptico.

IVAN ILLICH (1976)

La categoría de enfermo del siglo XX se ha vuelto inadecuada para describir lo que ocurre en un sistema médico que reclama autoridad sobre personas que aún no están enfermas, sobre personas que razonablemente no pueden esperar alivio, y aquellas para quienes los médicos no tienen un tratamiento más eficaz que el que podrían ofrecer sus tíos o tías. La experta selección de unos cuantos recipientes de mimos institucionales fue un modo de usar la medicina para el propósito de estabilizar una sociedad industrial: Aseguraba el acceso fácilmente regulado de los anormales a niveles anormales de fondos públicos. Mantenidos dentro de ciertos límites, durante la primera parte del siglo XX los mimos otorgados a los desviados ‘fortalecieron’ la cohesión de la sociedad industrial. Pero rebasado un punto crítico, el control social ejercido a través del diagnóstico de necesidades ilimitadas destruyó su propio fundamento. Ahora se presupone que el ciudadano está enfermo mientras no se le compruebe sano. En una sociedad triunfalmente terapéutica, todo el mundo puede convertirse en terapeuta y convertir a alguien más en su cliente.

IVAN ILLICH (1976)

La función del médico se ha vuelto confusa. Las profesiones de la salud han llegado a amalgamar los servicios clínicos, la ingeniería de salud pública, y la medicina científica. El médico trata con clientes que simultáneamente desempeñan diversos papeles durante cada uno de sus contactos con la institución sanitaria. Se les transforma en pacientes a quienes la medicina examina y repara, en ciudadanos administrados cuya conducta saludable es guiada por una burocracia médica, y en conejillos de Indias en los que la ciencia médica experimenta sin cesar. El poder asclepiádeo de conferir el papel de enfermo se ha disuelto por las pretensiones de prestar una asistencia sanitaria totalitaria. La salud ha cesado de ser un don innato que se supone en posesión de todo ser humano mientras no se demuestre que está enfermo, y se ha convertido en una meta cada vez más distante a la que uno tiene derecho en virtud de la justicia social.

IVAN ILLICH (1976)

Desde los años sesenta un ciudadano sin un status médico reconocido ha llegado a ser una excepción. Una condición fundamental del control político contemporáneo es el condicionamiento de la gente para que crean que tal status es necesario no sólo para el bien de su propia salud sino también para la ajena.

IVAN ILLICH (1976)

La función del médico se ha vuelto confusa. Las profesiones de la salud han llegado a amalgamar los servicios clínicos, la ingeniería de salud pública, y la medicina científica. El médico trata con clientes que simultáneamente desempeñan diversos papeles durante cada uno de sus contactos con la institución sanitaria. Se les transforma en pacientes a quienes la medicina examina y repara, en ciudadanos administrados cuya conducta saludable es guiada por una burocracia médica, y en conejillos de Indias en los que la ciencia médica experimenta sin cesar. El poder asclepiádeo de conferir el papel de enfermo se ha disuelto por las pretensiones de prestar una asistencia sanitaria totalitaria. La salud ha cesado de ser un don innato que se supone en posesión de todo ser humano mientras no se demuestre que está enfermo, y se ha convertido en una meta cada vez más distante a la que uno tiene derecho en virtud de la justicia social.

IVAN ILLICH (1976)

El surgimiento de una profesión conglomerada de la salud ha hecho infinitamente elástica la función de paciente. La certificación médica del enfermo ha sido sustituida por la presunción burocrática del administrador de la salud que clasifica a las personas según el grado y clase de sus necesidades terapéuticas. La autoridad médica se ha extendido a la asistencia supervisada de la salud, la detección precoz, los tratamientos preventivos y cada vez más al tratamiento de los incurables. Anteriormente la medicina moderna sólo controlaba un mercado limitado; en la actualidad ese mercado ha perdido toda frontera. Gente no enferma ha llegado a depender de la asistencia profesional en aras de su salud futura. El resultado es una sociedad morbosa que exige la medicalización universal y una institución médica que certifica la morbidez universal.

IVAN ILLICH (1976)

Anteriormente la medicina moderna sólo controlaba un mercado limitado; en la actualidad ese mercado ha perdido toda frontera. Gente no enferma ha llegado a depender de la asistencia profesional en aras de su salud futura. El resultado es una sociedad morbosa que exige la medicalización universal y una institución médica que certifica la morbidez universal. En una sociedad morbosa predomina la creencia de que la mala salud definida y diagnosticada es infinitamente preferible a toda otra forma de etiqueta negativa o a la falta de toda etiqueta. Es mejor que la desviación criminal o política, mejor que la pereza, mejor que la ausencia deliberada del trabajo.

IVAN ILLICH (1976)

Cada vez más personas saben subconscientemente que están hartas de sus empleos y de sus pasividades ociosas, pero desean que se les mienta y se les diga que una enfermedad física las releva de toda responsabilidad social y política. Quieren que su médico actúe como abogado y sacerdote. Como abogado, el médico exceptúa al paciente de sus deberes normales y lo habilita para cobrar del fondo de seguros que le obligaron a formar. Como sacerdote, el médico se convierte en cómplice del paciente creando el mito de que éste es una víctima inocente de mecanismos biológicos y no un desertor perezoso, voraz o envidioso de una lucha social por el control de los instrumentos de producción. La vida social se transforma en una serie de concesiones mutuas de la terapéutica: medicas, psiquiátricas, pedagógicas o geriátricas. La demanda de acceso al tratamiento se convierte en un deber político, y el certificado médico en un poderoso recurso para el control social.

IVAN ILLICH (1976)

Con el desarrollo del sector de servicios terapéuticos de la economía, una proporción creciente de la gente ha llegado a ser considerada como desviada de alguna norma deseable y, por tanto, como clientes que pueden ahora ser sometidos a tratamiento para acercarlos a la norma establecida de salud, o concentrados – en algún ámbito especial construido para atender su desviación.

IVAN ILLICH (1976)

Las culturas tradicionales afrontan el dolor, la invalidez y la muerte interpretándolos como retos que solicitan una respuesta por parte del individuo sujeto a tensión; la civilización médica los transforma en demandas hechas por los individuos a la economía y en problemas que pueden eliminarse por medio de la administración o de la producción. Las culturas son sistemas de significados, la civilización cosmopolita un sistema de técnicas. La cultura hace tolerable el dolor integrándolo dentro de un sistema significativo: la civilización cosmopolita aparta el dolor de todo contexto subjetivo o intersubjetivo con el de aniquilarlo. La cultura hace tolerable el dolor interpretando su necesidad; sólo el dolor que se percibe como curable es intolerable.

IVAN ILLICH (1976)

Cuando la civilización médica cosmopolita coloniza cualquiera cultura tradicional, transforma la experiencia del dolor. El mismo estímulo nervioso que llamaré ‘sensación de dolor’ dará por resultado una experiencia distinta, no sólo según la personalidad sino según la cultura. Esta experiencia, totalmente distinta de la sensación dolorosa, implica un desempeño humano único llamado sufrimiento. La civilización médica, sin embargo, tiende a convertir el dolor en un problema técnico y priva así al sufrimiento de su significado personal intrínseco. La gente desaprende a aceptar el sufrimiento como parte inevitable de su enfrentamiento consciente con la realidad y aprende a interpretar cada dolor como un indicador de su necesidad de comodidades o de mimos.

IVAN ILLICH (1976)

En la actualidad una porción creciente de todo dolor es producida por el hombre, efecto colateral de estrategias para la expansión industrial. El dolor ha dejado de concebirse como un mal ‘natural’ o ‘metafísico’. Es una maldición social, y para impedir que las ‘masas’ maldigan a la sociedad cuando están agobiadas por el dolor, el sistema industrial les despacha matadores médicos. Así, el dolor se convierte en una demanda de más drogas, hospitales, servicios médicos y otros productos de la asistencia impersonal, corporativa, y en el apoyo político para un ulterior crecimiento corporativo, cualquiera que sea su costo humano, social o económico. El dolor se ha vuelto un asunto político que hace surgir entre los consumidores de anestesia una demanda creciente de insensibilidad, desconocimiento e incluso inconsciencia artificialmente inducidos.

IVAN ILLICH (1976)

Las culturas tradicional y la civilización tecnológica parten de postulados contrarios. En toda cultura tradicional la psicoterapia, los sistemas de creencia y las drogas que se necesitan para contrarrestar la mayor parte del dolor están implícitos en la conducta cotidiana y reflejan la convicción de que la realidad es dura y la muerte inevitable. En la distopía del siglo XX, la necesidad de soportar la realidad dolorosa, interior o exterior, se interpreta como una falla del sistema socioeconómico, y el dolor se trata como una contingencia emergente que requiere de intervenciones extraordinarias.

IVAN ILLICH (1976)

Los efectos de la droga tienen grandes variaciones, dependiendo de las ideas y creencias acerca de la droga, y del control que quien la usa ejerce sobre ella.

IVAN ILLICH (1976)

El dolor requiere métodos de control por el médico más que una actitud que podría ayudar a la persona que lo sufre a tomar bajo su responsabilidad su experiencia. La profesión médica juzga cuales dolores son auténticos, cuales tienen una base física y cuales una base psíquica, cuales son imaginarios y cuales son simulados. La sociedad reconoce y aprueba este juicio profesional. La compasión pasa a ser una virtud anticuada. La persona que sufre un dolor cuenta cada vez con menos contexto social que pueda darle significación a la experiencia que a menudo lo abruma.

IVAN ILLICH (1976)

(…) Parece como si el dolor fuera ahora sólo esa parte del sufrimiento humano sobre la cual la profesión médica pueda pretender competencia o control. No hay precedente histórico de la situación contemporánea en que la experiencia del dolor físico personal es modelada por el terapéutico diseñado para destruirla.

IVAN ILLICH (1976)

El desarrollo de una tal capacidad para objetivizar el dolor es uno de los resultados de enseñanza médica sobreintensiva. A menudo su entrenamiento suele capacitar al médico para concentrarse en aquellos aspectos del dolor corporal que son accesibles al manejo de un extraño: el estímulo, o incluso el nivel de ansiedad del paciente. La preocupación se limita al tratamiento de la entidad orgánica, que es el único asunto susceptible de verificación operacional. El desempeño personal de sufrir escapa a tal control experimental y por ello se le relega en la mayoría de los experimentos que se hacen sobre el dolor.

IVAN ILLICH (1976)

La medicalización priva a cualquier cultura de la integración de su programa para enfrentar el dolor.

IVAN ILLICH (1976)

(…) La creciente dependencia del habla socialmente aceptable con respecto al lenguaje especial de una profesión elitista convierte la enfermedad en un instrumento de dominación de clase. Así, el burócrata y el universitario se hacen colegas de su médico en el tratamiento que éste les dispensa, mientras el obrero es puesto en su sitio como un siervo que no habla el idioma del amo.

IVAN ILLICH (1976)

En toda sociedad la imagen dominante de la muerte determina el concepto predominante de salud. Una imagen tal, la anticipación culturalmente condicionada de un suceso cierto en una fecha incierta, está moldeada por estructuras institucionales, mitos profundamente arraigados y el carácter social que predomina. La imagen que una sociedad tiene de la muerte revela el nivel de independencia de su pueblo, sus relaciones interpersonales, su confianza en sí mismo y la plenitud de su vida.

IVAN ILLICH (1976)

Dondequiera que ha penetrado la civilización médica metropolitana, se ha trasplantado una imagen nueva de la muerte. En la medida en que esta imagen depende de las nuevas técnicas y de sus correspondientes ethos, su carácter es supranacional. Pero esas mismas técnicas no son culturalmente neutrales; adoptaron una forma concreta dentro de las culturas occidentales y expresaron un ethos occidental. La imagen de la muerte que tiene el hombre blanco se ha difundido con la civilización médica y ha sido una fuerza importante de la colonización cultural. La imagen de una ‘muerte natural’, una muerte que llega bajo la asistencia médica y nos encuentra en buena salud y avanzada edad, es un ideal bastante reciente.

IVAN ILLICH (1976)

La historia de la muerte natural es la historia de la medicalización de la lucha contra la muerte.

IVAN ILLICH (1976)

En la forma de su cuerpo ‘Todohombre’ lleva su propia muerte consigo y baila con ella en el curso de su vida. Al terminar la Edad Media, la muerte residente se encara con el hombre; cada muerte viene con el símbolo del rango correspondiente a su víctima: para el rey una corona, para el campesino una horquilla. Después de bailar con los ancestros muertos sobre sus tumbas, la gente pasaba a representar un mundo en el que cada quien baila durante la vida abrazando su propia mortalidad. La muerte no se representaba como una figura antropomórfica sino como una autoconsciencia macabra, una sensación constante del sepulcro abierto. No es todavía el hombre esqueleto del siglo siguiente a cuya música bailarán pronto hombres y mujeres durante el otoño de la edad Media, sino más bien el propio yo envejeciendo y pudriéndose de cada uno.

IVAN ILLICH (1976)

Las sociedades primitivas concebían la muerte como resultado de una intervención por un agente extraño. No atribuían personalidad a la muerte. La muerte es el resultado de la intención maligna de alguno. Ese alguno que causa la muerte puede ser un vecino que, por envidia, lo mira a uno con mal de ojo, o podría ser una bruja, un ancestro que venía a recogerlo a uno, o el gato negro que se atravesaba en su camino. Durante todo el medioevo cristiano y musulmán, la muerte continuó considerándose como el resultado de una intervención deliberada y personal de Dios. En el lecho de muerte no aparece la figura de ‘una’ muerte, sino sólo la de un ángel y un demonio luchando por el alma que escapa de la boca de la mujer moribunda. Apenas durante el siglo XV estuvieron las condiciones propicias para que cambiara esta imagen, y apareciera la que más tarde se llamaría la ‘muerte natural’. La danza de los muertos representa esa situación. La muerte puede entonces convertirse en una parte inevitable, intrínseca de la vida humana, más que en la decisión de un agente extraño. La muerte se vuelve autónoma y durante tres siglos coexiste, como agente distinto, con el alma inmortal, la divina providencia, los ángeles y los demonios.

IVAN ILLICH (1976)

De un encuentro que dura toda la vida, la muerte se ha convertido en el acontecimiento de un momento. La muerte aquí llega a ser el punto en que termina el tiempo lineal, medido por el reloj, y la eternidad encuentra al hombre, mientras que durante la Edad Media la eternidad había sido, junto con la presencia de Dios, inmanente en la historia. El mundo ha dejado de ser un sacramento de esta presencia; con Lutero se convirtió en el lugar de corrupción que Dios salva. La proliferación de relojes simboliza este cambio en la conciencia. Con el predominio del tiempo seriado el interés por su medición exacta y el reconocimiento de la simultaneidad de sucesos, se fabrica un nuevo armazón para reconocer la identidad personal. Ésta se busca en referencia a una sucesión de acontecimientos más que la integridad del curso de la vida de uno. La muerte deja de ser el fin de un todo y se transforma en una interrupción de la sucesión.

IVAN ILLICH (1976)

Después de la Reforma, la muerte europea pasó a ser y continuó siendo macabra. Simultáneamente se multiplicaron las prácticas médicas populares, destinadas todas ellas a ayudar a la gente a recibir su muerte con dignidad como individuos. Se idearon nuevos ardides supersticiosos para que pudiera uno reconocer si su enfermedad requería la aceptación de la muerte que se acercaba o alguna clase de tratamiento. Si la flor arrojada a la fuente del santuario se hundía, era inútil gastar dinero en remedios. La gente trataba de estar lista para la llegada de la muerte, de tener bien aprendidos los pasos para la última danza. Se multiplicaron los remedios contra una agonía dolorosa, pero en su mayoría aún tenían que aplicarse bajo la dirección consciente del moribundo que desempeñaba un nuevo papel y lo hacía con plena conciencia. Los hijos podían ayudar a morir a la madre o al padre, pero a condición de que no los retuvieran llorando. Se suponía que una persona habría de indicar cuándo quería que la bajaran de su lecho a la tierra que pronto habría de cubrirla, y cuándo habrían de iniciarse las oraciones. Pero los circunstantes sabían que tenían que tener las puertas abiertas para facilitar la llegada de la muerte, evitar ruidos para no asustarla y, finalmente, apartar respetuosamente sus ojos del moribundo para dejarlo solo durante ese acontecimiento sumamente personal.

IVAN ILLICH (1976)

La llegada de la muerte natural también preparó el camino para nuevas actitudes hacia la muerte y la enfermedad, que se hicieron comunes a fines del siglo XVII. Durante la Edad Media, el cuerpo humano había sido sagrado; ahora el bisturí del médico tenía acceso al cadáver mismo.

IVAN ILLICH (1976)

La capacidad para sobrevivir por más tiempo, la renuncia a jubilarse antes de la muerte y la demanda de asistencia médica para una afección incurable se unieron para dar lugar a un nuevo concepto de la enfermedad: el tipo de salud al que podía aspirar la vejez. En los años inmediatamente anteriores a la Revolución Francesa ésa había llegado a ser la salud de los ricos y los poderosos; en el transcurso de una generación se pusieron de moda las enfermedades crónicas entre los jóvenes y pretenciosos, los rasgos del tísico pasaron a ser el signo de la sabiduría prematura, y la necesidad de viajar a climas cálidos una exigencia del . La asistencia médica para afecciones prolongadas, aunque pudieran conducir a una muerte inoportuna, llegó a ser una marca de distinción.




IVAN ILLICH (1976)

(Después de la Revolución Francesa) podía hacerse un juicio adverso acerca de los padecimientos de los pobres, y las afecciones de las que siempre habían muerto pudieron definirse como enfermedades no tratadas. No importaba en lo absoluto que el tratamiento que pudieran proporcionar los médicos para esos males tuviese algún efecto sobre la evolución de la enfermedad; la falta de ese tratamiento comenzó a significar que estaban condenados a morir de una muerte no natural, idea que correspondía a la imagen burguesa del pobre como ignorante e improductivo. De ahora en adelante la capacidad de morir de una muerte ‘natural’ quedaba reservada a una clase social; los que podían pagar para morir como pacientes. La salud se convirtió en el privilegio de esperar una muerte oportuna, independientemente de los servicios médicos que se necesitaran para ese propósito. En una época anterior, la muerte llevaba el reloj de arena. En los grabados de madera, tanto el esqueleto como el observador sonríen sarcásticamente cuando la víctima rechaza la muerte. Ahora la clase media se apoderó del reloj y empleaba médicos para decirle a la muerte cuándo había de sonar la hora. La Ilustración atribuyó un nuevo poder al médico, sin ser capaz de verificar si éste había adquirido o no alguna nueva influencia sobre el desenlace de las enfermedades peligrosas.

IVAN ILLICH (1976)

La Revolución Francesa marcó una breve interrupción en la medicalización de la muerte. Sus ideólogos creían que la muerte inoportuna no atacaría a una sociedad construida sobre su triple ideal. Pero la apertura del ojo clínico del médico lo llevó a mirar la muerte con una nueva perspectiva. Mientras los mercaderes del siglo XVIII habían determinado la imagen de la muerte con ayuda de los charlatanes que empleaban y pagaban, ahora los clínicos comenzaron a dar forma a la visión del público. Hemos visto a la muerte convertirse del llamamiento de Dios en un acontecimiento ‘natural’ y después en una ‘fuerza de la naturaleza’; en una mutación ulterior se convierte en acontecimiento ‘inoportuno’ a menos que llegue a quienes están sanos y viejos. Ahora pasó a convertirse en el desenlace de enfermedades específicas certificadas por el médico.

IVAN ILLICH (1976)

La muerte se ha desvanecido hasta convertirse en una figura metafórica y las enfermedades mortíferas han ocupado su lugar. La fuerza general de la naturaleza que se había celebrado como ‘muerte’ se convirtió en una multitud de causas específicas de defunción clínica. Actualmente vagan por el mundo muchas ‘muertes’. En las bibliotecas privadas de médicos de fines del siglo pasado hay numerosas ilustraciones de libros que muestran al doctor luchando a la cabecera de su paciente contra enfermedades personificadas. La esperanza que tenían los médicos de controlar el desenlace de enfermedades específicas dio lugar al mito de que tenían poder sobre la muerte. Los nuevos poderes atribuidos a la profesión dieron lugar a la nueva posición social del clínico.

IVAN ILLICH (1976)

La ‘muerte natural’ apareció entonces en los diccionarios. Una gran enciclopedia alemana publicada en 1909 la define por medio del contraste: ‘la muerte anormal se opone a la muerte natural porque es resultado de enfermedades, violencias o trastornos mecánicos y crónicos’. Un prestigiado diccionario de conceptos filosóficos expresa que ‘la muerte natural llega sin enfermedad previa, sin causa específica definible’. Fue este concepto macabro aunque alucinante de la muerte el que llegó a entrelazarse con el concepto del progreso social. Pretensiones, legalmente válidas, a la igualdad en la muerte clínica diseminaron las contradicciones del individualismo burgués entre la clase trabajadora. El derecho a una muerte natural fue formulado como demanda de igual consumo de servicios médicos, más que como liberación de los males del trabajo industrial o como nuevas libertades y poderes para la autoasistencia. Este concepto sindicalista de una ‘muerte clínica igual’ es pues el inverso del ideal presupuesto en la Asamblea Nacional de París en 1792, es un ideal profundamente medicalizado.

IVAN ILLICH (1976)

Actualmente, cuando se incluye la defensa contra la muerte de la seguridad social, el culpable acecha en el seno de la sociedad. El culpable puede ser el enemigo de clase que priva al trabajador de suficiente asistencia médica, el doctor que se niega a hacer una visita nocturna, la empresa multinacional que eleva el precio de los medicamentos, el gobierno capitalista o revisionista que ha perdido el control sobre sus curanderos o el administrador que contribuye a adiestrar médicos en la Universidad de Delhi y luego los vacía en Londres. Se está modernizando la tradicional cacería de brujas a la muerte de un jefe de tribu. Por cada muerte prematura o clínicamente innecesaria, puede encontrarse alguien o alguna entidad que irresponsablemente demoró o impidió una intervención médica. Gran parte del progreso de la legislación social durante la primera mitad del siglo XX habría sido imposible sin el empleo revolucionario de esa imagen de la muerte industrialmente cincelada. No pudo haber surgido el apoyo necesario para agitar en favor de esa legislación ni haberse despertado sentimientos de culpa suficientemente fuertes para lograr su promulgación. Pero la demanda de una alimentación médica igual tendiente a una clase igual de muerte ha servido también para consolidar la dependencia de nuestros contemporáneos respecto de un sistema industrial en expansión sin límites.

IVAN ILLICH (1976)

No podemos comprender plenamente la estructura profundamente arraigada de nuestra organización social a menos que veamos en ella un exorcismo, de múltiples caras, de todas las formas de muerte maligna. Nuestras principales instituciones constituyen un programa de defensa gigantesco que hace la guerra en nombre de la ‘humanidad’ contra entidades y clases relacionadas con la muerte. Es una guerra total. En esta lucha se han alistado no sólo la medicina, sino también la asistencia social, el socorro internacional y los programas de desarrollo. Se han unido a la cruzada las burocracias ideológicas de todos los colores. La revolución, la represión e incluso las guerras civiles e internacionales se justifican a fin de derrotar a los dictadores o capitalistas a quienes puede culparse de la creación desenfrenada y la tolerancia de la enfermedad y la muerte.

IVAN ILLICH (1976)

Curiosamente la muerte se convirtió en el enemigo que habría que derrotar precisamente en el momento en que apareció en escena la megamuerte. No sólo es nueva imagen de la muerte ‘innecesaria’, sino también nuestra imagen del fin del mundo. La muerte, el fin de mi mundo, y el Apocalipsis, el fin del mundo, están íntimamente relacionados; nuestra actitud hacia ambos ha sido sin duda profundamente afectada por la situación atómica. El Apocalipsis ha dejado de ser simplemente una conjetura mitológica y se ha convertido en una contingencia real. En lugar de deberse a la voluntad de Dios o a la culpa del hombre, o a las leyes de la naturaleza, Armagedón se ha convertido en una consecuencia posible de la decisión directa del hombre. Tanto las bombas de cobalto como las de hidrógeno crean la ilusión de un control sobre la muerte. Los rituales sociales medicalizados representan un aspecto del control social por medio de la guerra autofrustrante contra la muerte.

IVAN ILLICH (1976)

El dominio de la industria ha desbaratado y a menudo disuelto la mayor parte de los lazos más tradicionales de solidaridad. Los rituales impersonales de la medicina Industrializada crean una falsa unidad de la humanidad. Relacionan a todos sus miembros con un modelo idéntico de muerte ‘deseable’ proponiendo la muerte en el hospital como meta del desarrollo económico. El mito del progreso de todos los pueblos hacia la misma clase de muerte disminuye la sensación de culpa de parte de los ‘poseedores’ transformando las repugnantes muertes de los ‘desposeídos’ en el resultado del actual subdesarrollo, que debiera remediarse mediante una mayor expansión de las instituciones médicas.

IVAN ILLICH (1976)

(…) La muerte medicalizada tiene una función diferente en las sociedades altamente industrializadas y en los países principales rurales. Dentro de una sociedad industrial, la intervención médica en la vida diaria no cambia la imagen predominante de la salud y la muerte, sino más bien la atiende. Difunde la imagen de la muerte que tiene la élite medicalizada a las masas y la reproduce para las generaciones futuras. Pero cuando se aplica la ‘prevención de la muerte’ fuera de un contexto cultural en el que los consumidores se preparan religiosamente para las muertes en el hospital, la expansión de la medicina basada en el hospital constituye inevitablemente una forma de intervención imperialista. Se impone una imagen sociopolítica de la muerte; se priva a la gente de su visión tradicional de lo que constituye la salud y la muerte. Se disuelve la imagen de sí misma que da cohesión a su cultura y los individuos atomizados pueden ser incorporados en una masa internacional de consumidores de salud altamente ‘socializados’. La expectativa de la muerte medicalizada pesca al rico con ilimitados pagos de seguros y tienta al pobre con una dorada trampa mortal. Las contradicciones del individualismo burgués se corroboran por la incapacidad de la gente para morir con alguna posibilidad de adoptar una actitud realista frente a la muerte.

IVAN ILLICH (1976)

Como todos los demás principales rituales de la sociedad industrial, la medicina adopta en la práctica la forma de un juego. La función principal del médico pasa a ser la de un árbitro. Es el agente o representante del cuerpo social, que tiene el deber de asegurar que todos jueguen conforme a las reglas. Por supuesto, las reglas prohíben abandonar el juego y morir de cualquier manera que no haya sido especificada por el árbitro. La muerte ya no ocurre sino como profecía del hechicero que se realiza por sí misma.

IVAN ILLICH (1976)

Mediante la medicalización de la muerte, la asistencia a la salud se ha convertido en una religión monolítica mundial cuyos dogmas se enseñan en escuelas obligatorias y cuyas normas éticas se aplican a una reestructuración burocrática del ambiente: la sexualidad pasó a ser un tema del programa y en obsequio de la higiene se prohíbe que dos usen la misma cuchara. La lucha contra la muerte, que domina el estilo de vida de los ricos, se traduce por los organismos de desarrollo en una serie de reglas mediante las cuales se obligará a los pobres de la tierra a portarse bien.

IVAN ILLICH (1976)

La muerte aprobada socialmente ocurre cuando el hombre se ha vuelto inútil no sólo como productor, sino también como consumidor. Es el punto en que un consumidor, adiestrado a alto costo, debe finalmente ser cancelado como pérdida total. La muerte ha llegado a ser la forma última de resistencia del consumidor.

IVAN ILLICH (1976)

La medicalización de la sociedad ha traído consigo el fin de la época de la muerte natural. El hombre occidental ha perdido el derecho de presidir su acto de morir. La salud, o sea el poder autónomo de afrontar la adversidad, ha sido expropiada hasta el último suspiro. La muerte técnica ha su victoria sobre el acto de morir. La muerte mecánica ha vencido y destruido a todas las demás muertes.

IVAN ILLICH (1976)

Prometeo no era el hombre sino el héroe. Impulsado por la codicia radical (pleonexia), rebasó las medidas del hombre (aitia y mesotes) y con arrogancia sin límites (hybris) robó el fuego del cielo. De ese modo atrajo inevitablemente sobre sí a Némesis. Fue encadenado y sujetado a una roca del Cáucaso. Un buitre le devoraba todo el día las entrañas y los dioses que curan, cruelmente lo curaban y mantenían vivo reinjertándole el hígado todas las noches. Némesis le imponía un tipo de dolor destinado a semidioses, no a hombres. Su sufrimiento sin esperanzas y sin fin convirtió al héroe en un recordatorio inmortal de la ineludible represalia cósmica. La naturaleza social de Némesis ha cambiado actualmente. Con la industrialización del deseo y la mecanización de las respuestas rituales Hybris se ha propagado. El progreso material sin límites ha llegado a ser la meta del hombre común. Hybris industrial ha destruido la mítica estructura de los límites de fantasías irracionales, ha logrado que parezcan racionales las respuestas técnicas a sueños insensatos y ha convertido la búsqueda de valores destructivos en una conspiración entre proveedor y cliente. Némesis para las masas es actualmente la repercusión ineludible del progreso industrial. Némesis moderna es el monstruo material nacido del sueño industrial desmesurado. Se ha difundido a todo lo largo y lo ancho como la escolarización universal, el transporte masivo, el trabajo industrial asalariado y la medicalización de la salud del vulgo.

IVAN ILLICH (1976)

Una sociedad que valora la enseñanza planificada por encima del aprendizaje autónomo no puede sino enseñar al hombre a sujetarse a su lugar mecanizado. Una sociedad que para la locomoción depende en proporción abrumadora del transporte manipulado no puede sino hacer lo mismo. Más allá de cierto nivel, la energía empleada en el transporte inmoviliza y esclaviza a la mayoría de innumerables pasajeros anónimos y proporciona ventajas únicamente a la élite. No hay combustible nuevo, ni tecnología o controles públicos que puedan impedir que la movilización y la aceleración crecientes de la sociedad produzcan cada vez más molestias, parálisis programada y desigualdad. Lo mismo ocurre en la agricultura. Pasado un cierto nivel de inversión de capital en el cultivo y elaboración de alimentos, inevitablemente la malnutrición se difunde. El progreso de la Revolución Verde tiene entonces que destrozar los hígados de los consumidores más eficazmente que el buitre de Zeus. Ninguna ingeniería biológica puede impedir la desnutrición ni la intoxicación alimentaria pasado ese punto. (…) Cuando el modo industrial produce más de una cierta proporción de valor, se paralizan las actividades de subsistencia, disminuye la equidad y se reduce la satisfacción total. No será la hambruna esporádica que antiguamente llegaba con sequías y guerras, ni la escasez ocasional de alimentos que podía remediarse mediante buena voluntad y envíos de emergencia. El hambre que viene es un subproducto de la inevitable concentración de agricultura industrializada en países ricos y en las regiones fértiles de los pobres. Paradójicamente, el intento de contrarrestar el hambre con nuevos incrementos de a agricultura industrialmente eficiente sólo amplía el alcance de la catástrofe por restringir la utilización de tierras marginales. El hambre seguirá aumentando hasta que la tendencia hacia la producción con empleo intensivo de capital por los pobres para los ricos haya sido sustituida por una nueva clase de autonomía rural, regional, fundada en el trabajo intensivo. Más allá de un cierto nivel de hybris industrial Némesis debe aparecer, porque el progreso, como la escoba del aprendiz de brujo no puede ser detenido.

IVAN ILLICH (1976)

Los defensores del progreso industrial o están ciegos o corrompidos si pretenden que pueden calcular el precio del progreso. Los perjuicios de Némesis no pueden compensarse, calcularse ni liquidarse. El pago inicial para el desarrollo industrial podría parecer razonable, pero las cuotas a interés compuesto por la producción en expansión reditúan actualmente un sufrimiento que excede cualquier idea de medida o precio. Cuando a los miembros de una sociedad se les pide con regularidad que paguen un precio aún más alto para las necesidades definidas industrialmente -a pesar de la evidencia que están comprando más sufrimiento con cada unidad homo economicus, impulsado por el deseo de obtener beneficios marginales, se convierte en homo religiosus sacrificándose en aras de la ideología industrial. En este momento, la conducta social comienza a ser paralela a la del toxicómano. Las expectativas se vuelven irracionales y alucinantes. La porción autoinfligida de sufrimiento supera los daños producidos por la naturaleza, y todos los perjuicios infligidos por el vecino. Hybris motiva una conducta de masas autodestructiva. Némesis clásica fue el castigo por el abuso temerario de privilegios. Némesis industrial es la retribución por la participación concienzuda en la persecución técnica de los sueños sin el freno de la mitología tradicional ni de una automoderación racional.

IVAN ILLICH (1976)

La guerra y el hambre, la peste y las catástrofes naturales, la tortura y la locura continúan siendo compañeros del hombre, pero ahora están modelados en una nueva Gestalt por Némesis que los sobrepasa. Cuanto mayor es el progreso económico de cualquier colectividad, mayor es la parte que desempeña Némesis industrial en dolor, impedimentos, discriminación y muerte. Cuanto más intensa es la seguridad que se deposita en técnicas productoras de dependencia, mayor es el índice de despilfarro, degradación y patogénesis que deben atacarse incluso con otras técnicas, y mayor es la fuerza activa empleada en la eliminación de basuras, el manejo de desechos y el tratamiento de personas a quienes el progreso ha hecho superfluas.

IVAN ILLICH (1976)

Ante el desastre inminente las reacciones adoptan todavía la forma de mejores planes de estudios, más servicios de mantenimiento de la salud o más eficientes y menos contaminantes transformadores de energía. Todavía se busca la respuesta a Némesis en una mejor ingeniería de los sistemas industriales. Se reconoce el síndrome correspondiente a Némesis, pero todavía se busca su etiología en una mala ingeniería combinada con una administración en beneficio propio, ya sea el control de Wall Street o de El Partido. Aún no se reconoce que Némesis es la materialización de una respuesta social a una ideología profundamente equivocada. Aún no se comprende que Némesis es la ilusión delirante nutrida por la estructura ritual, no técnica, de nuestras principales instituciones industriales. Así como los contemporáneos de Galileo se negaban a mirar a través del telescopio las lunas de Júpiter porque temían que su visión geocéntrica del mundo se conmoviera, así nuestros contemporáneos se niegan a afrontar Némesis porque se sienten incapaces de poner el modo autónomo de producción en lugar del modo industrial en el centro de sus estructura sociopolíticas.

IVAN ILLICH (1976)

No es necesario, probablemente no sea y ciertamente no es deseable fundar la limitación de las sociedades industriales en un sistema compartido de creencias sustantivas encaminadas al bien común y reforzadas por el poder de la policía. Es posible encontrar la base necesaria para la acción humana ética sin depender del reconocimiento compartido de algún dogmatismo ecológico actualmente en boga. Esta alternativa a una nueva religión o ideología ecológica se funda en un acuerdo acerca de valores básicos y en reglas de procedimiento.

IVAN ILLICH (1976)

Puede demostrarse que, pasado un cierto punto en la expansión de la producción industrial en cualquier campo importante de valor, las utilidades marginales dejan de ser distribuidas equitativamente y que, simultáneamente, comienza a declinar la eficacia general. Si el modo industrial de producción se expande más allá de una cierta etapa y continúa chocando contra el modo autónomo, aparecen cada vez más sufrimientos personales y disolución social. Mientras tanto, es decir, entre el punto de sinergia óptima situado entre la producción industrial y la autónoma y el punto de máxima hegemonía industrial tolerable, se hacen necesarios los procedimientos se ejecutan en un espíritu de autointerés ilustrado y un deseo de supervivencia, y con la distribución equitativa de productos sociales y el acceso equitativo al control social, el resultado tiene que ser un reconocimiento de la capacidad de sostén del ambiente y del óptimo complemento industrial para la acción autónoma que se necesita a fin de alcanzar realmente metas personales. Los procedimientos políticos orientados hacia el valor de supervivencia en equidad distributiva y participatoria son la única respuesta racional a la creciente manipulación total en nombre de la ecología.

IVAN ILLICH (1976)

La percepción de Némesis conduce a una opción. O bien se estiman, reconocen y traducen las fronteras naturales del esfuerzo humano en límites determinados políticamente, o bien se acepta la alternativa a la extinción como supervivencia obligatoria en un infierno planificado y mecanizado. Hasta hace poco tiempo la opción entre la política de la pobreza voluntaria y el infierno del ingeniero de sistemas no era congruente con el lenguaje de hombres de ciencia ni de políticos. Nuestra creciente experiencia con Némesis Médica reviste a la alternativa de nuevo sentido: la sociedad debe elegir los mismos límites rígidos en el tipo de bienes producidos dentro de los cuales todos sus miembro encuentran una garantía de igual libertad o la sociedad tendrá que aceptar controles jerárquicos sin precedentes para proveer a cada miembro, lo que las burocracias del Bienestar diagnostican como sus necesidades.

IVAN ILLICH (1976)

Un mundo de salud óptima y generalizada es obviamente un mundo de intervención médica mínima y sólo excepcional. La gente sana es la que vive en hogares sanos a base de un régimen alimenticio sano; en un ambiente igualmente adecuado para nacer, crecer, trabajar, curarse y morir: sostenida por una cultura que aumenta la aceptación consciente de límites a la población, del envejecimiento, del restablecimiento incompleto y de la muerte siempre inminente. La gente sana necesita intervenciones burocráticas mínimas para amarse, dar a luz, compartir la condición humana y morir. La fragilidad, la individualidad y la capacidad de relación conscientemente vividas por el hombre hacen de la experiencia del dolor, la enfermedad y la muerte una parte integrante de su vida. La capacidad para enfrentarse autónomamente con esta tríada es fundamental para su salud. Cuando el hombre se hace dependiente del manejo de su intimidad, él renuncia a su autonomía y su salud tiene que decaer. El verdadero milagro de la medicina moderna es diabólico. Consiste no sólo en hacer que individuos sino poblaciones enteras sobrevivan en niveles inhumanamente bajos de salud personal. Némesis Médica es la retroalimentación de una organización social que se impuso mejorar e igualar la oportunidad de cada hombre de enfrentar su ambiente con autonomía y terminó destruyéndola.

IVAN ILLICH (1976)

Los costos directos reflejan cargos por renta, pagos de mano de obra, materiales, y otras consideraciones. El costo de la producción de un kilómetro-pasajero incluye los pagos realizados para construir y operar el vehículo y el camino, así como la ganancia redituada a quienes han obtenido control sobre el trasporte: el interés cobrado por los capitalistas dueños de los instrumentos de producción, y los emolumentos reclamados por los burócratas que monopolizan el stock de conocimiento aplicado en el proceso. El precio es la suma de estas rentas diversas, sin importar si es pagado por el consumidor de su propio bolsillo o por una agencia social sostenida por los impuestos

IVAN ILLICH (1976)

Externalidad negativa es el nombre de los costos sociales no incluidos en el precio monetario; es la designación común de las cargas, privaciones, molestias y perjuicios que impongo a los demás por cada kilómetro-pasajero que viajo. La mugre, el ruido y la fealdad que mi auto añade a la ciudad; los daños causados por los choques y la polución; la degradación del ambiente total a causa del oxígeno que quemo y los venenos que esparzo; el costo creciente del departamento de policía; y también la discriminación contra los pobres relacionada con el tráfico: todas son externalidades negativas que se asocian a cada kilómetro-pasajero

IVAN ILLICH (1976)

Algunas pueden internalizarse con facilidad en el precio de compra, como por ejemplo los daños que causan los choques y que paga el seguro. Otras externalidades que no se muestran en el precio de mercado podrían ser internalizadas en la misma forma: el costo de tratar el cáncer, causado por los gases del escape, podría añadirse a cada litro de combustible, para gastarse en la detección y cirugía del cáncer o en su prevención a través de aparatos anticontaminantes y máscaras antigases. Pero la mayor parte de las externalidades no pueden cuantificarse ni internalizarse: si se aumenta el precio de la gasolina para reducir el agotamiento de las reservas petrolíferas y del oxígeno atmosférico, cada kilómetro-pasajero se hace más costoso y es más un privilegio; se disminuye el daño ambiental pero se aumenta la injusticia social. Más allá de un cierto nivel de intensidad en la producción industrial, las externalidades no pueden reducirse sino sólo desplazarse

IVAN ILLICH (1976)

La contraproductividad es otra cosa que el costo individual o el costo social; es distinta de la utilidad decreciente obtenida de una unidad monetaria y de todas las formas de de servicio externo. Existe cada vez que el uso de una institución paradójicamente quita a la sociedad aquellas cosas cuya producción era el propósito planificado de la institución. Es una forma de frustración social inherente. El precio de un bien o de un servicio mide lo que el comprador está dispuesto a pagar por lo que obtenga; las externalidades indican lo que la sociedad tolerará para permitir este consumo; la contraproductividad registra el grado de la disonancia cognoscitiva prevalente que resulta de la transacción: es un indicador social del funcionamiento contraproducente inherente a un sector económico

IVAN ILLICH (1976)

Debido a la industrialización de nuestra visión del mundo, a menudo se pasa por alto que cada una de estas mercancías todavía compite con un valor de uso, no mercantilizable, que la gente produce libremente por su propia cuenta. La gente aprende viendo y haciendo, se mueve con sus pies, se cura, cuida su salud, y atiende la salud de los demás. Esta actividades poseen valores de uso que resisten a la mercantilización. La parte más valiosa del aprendizaje, del movimiento corporal y de la curación no aparecen en el PNB. La gente aprende su lengua materna, se desplaza, tiene sus hijos y los cría, recupera el uso de un hueso roto y prepara los alimentos locales, haciendo todas estas cosas con mayor o menor competencia y gozo. Todas estas actividades son valiosas aunque casi nunca se emprenden ni pueden emprenderse por dinero, pero pueden devaluarse si hay demasiado dinero cerca

IVAN ILLICH (1976)

Cuando la mayoría de las necesidades de la mayor parte de la gente se satisface en un modo de producción doméstico o comunitario, la brecha entre las expectativas y la satisfacción tiende a ser estrecha y estable. El aprendizaje, la locomoción o el cuidado a los enfermos son resultado de iniciativas altamente descentralizadas, de insumos autónomos y de productos totales autolimitantes. En las condiciones de una economía de subsistencia, las herramientas utilizadas en la producción determinan las necesidades que la aplicación de estas mismas herramientas puede cubrir. Por ejemplo, la gente sabe lo que puede esperar cuando se enferma. Alguien en la aldea o en el pueblo cercano conocerá todos los remedios que han servido en el pasado, y más allá yace el reino imprevisible del milagro

IVAN ILLICH (1976)

Al no tomar en cuenta las contribuciones realizadas por el molde autónomo a la eficacia total con la que puede lograrse cualquier meta social importante, estas medidas no pueden indicar si esta eficacia total está aumentando o decreciendo. El número de graduados, por ejemplo, puede relacionarse inversamente con la competencia general. Con mucho menos razón estas mediciones técnicas podrán indicar quiénes son los beneficiarios y quiénes los perdedores del crecimiento industrial, quiénes son los pocos que pueden conseguir más y hacer más, y quiénes caen en la mayoría cuyo acceso marginal a los productos industriales se complica con la pérdida de eficiencia autónoma. Sólo el juicio político puede determinar este balance

IVAN ILLICH (1976)

Los más dañados por la institucionalización contraproductiva no son los más pobres en términos monetarios. Las víctimas típicas de la despersonalización de valores son los que no tienen poder en un medio creado para los enriquecidos industrialmente. Entre los que no tienen poder puede haber gente relativamente acomodada dentro de su sociedad o gente residente en instituciones benévolas. La dependencia inhabilitante los reduce a la pobreza modernizada. Las políticas que pretenden remediar el nuevo sentido de privación no sólo serán fútiles sino que agravarán el daño. Al prometer más artículos de consumo en vez de proteger la autonomía, intensificarán la dependencia inhabilitante

IVAN ILLICH (1976)

Los pobres de Bengala o de Perú sobreviven aun con empleos ocasionales y con alguna incursión esporádica en la economía de mercado: viven del arte atemporal de hacer. Todavía son capaces de estirar las provisiones, de alternar periodos de vacas gordas y flacas, de entretejer relaciones gratuitas por medio de las cuales truecan o intercambien bienes y servicios que no están hechos para el mercado ni son tomados en cuenta por éste. En el campo, en ausencia de la televisión, disfrutan viviendo en casas construidas sobre modelos tradicionales. Atraídos o empujados a la ciudad, se agazapan en los márgenes del sector del acero y el petróleo, donde edifican una economía provisional con los desperdicios que usan para construir las chozas. Su exposición al hambre extrema crece junto con su dependencia de los alimentos mercantiles

IVAN ILLICH (1976)

A lo largo de toda su evolución, dadas las generaciones suficientes, el Homo sapiens ha mostrado una alta competencia para desarrollar una gran variedad de formas culturales, cada una destinada a mantener a la población total de una región dentro de los linderos de los recursos que podían compartirse o intercambiarse formalmente en ese medio limitado. La incapacitación mundial y homogénea de la aptitud comunitaria de las poblaciones locales, para enfrentarse al medio se desarrolló con el imperialismo y con sus variantes contemporáneas de desarrollo industrial y su tono compasivo

IVAN ILLICH (1976)

La invasión de los países subdesarrollados por nuevos instrumentos de producción organizados con miras a la eficacia financiera más que a la eficiencia local, y al control profesional antes que lego, descalifica inevitablemente la tradición y el aprendizaje autónomo y crea la necesidad de una terapéutica proveniente de maestros, médicos y trabajadores sociales. A medida que el radio y la carretera moldean, de acuerdo a normas industriales, las vidas de aquellos adonde llegan, degradan la artesanía, la morada o el cuidado de la salud. La degradación ocurre más rápidamente que la inhabilitación para esas actividades. El masaje azteca alivia a muchos que ya no lo admiten porque lo creen anticuado

IVAN ILLICH (1976)

El lecho familiar dejó de ser respetable mucho antes de que sus ocupantes lo sintieran incómodo. Cuando los planes de desarrollo han resultado, su éxito a menudo se ha debido a la imprevista vitalidad del sector de adobes, botes y cartón. La habilidad continua para producir alimentos en tierra marginal y en traspatios citadinos ha salvado campañas de productividad desde Ucrania hasta Venezuela. La habilidad para asistir a los enfermos, los viejos y los locos sin ayuda de enfermeras ni guardianes ha protegido a la mayoría contra las crecientes disutilidades específicas que ha traído el enriquecimiento simbólico. La pobreza en el sector de subsistencia no aplasta la autonomía, ni siquiera cuando dicha subsistencia se ve disminuida por una considerable dependencia del mercado. La gente sigue motivada para meterse en la vía pública, para roer los monopolios profesionales, o para sacarle la vuelta a los burócratas

IVAN ILLICH (1976)

Cuando la percepción de las necesidades personales es el resultado del diagnóstico profesional, la dependencia se convierte en una incapacidad dolorosa. Los ancianos en los Estados Unidos pueden nuevamente servir de paradigma. Se les ha entrenado para experimentar necesidades urgentes que ningún nivel de privilegio relativo puede satisfacer. Mientras más dinero de impuestos se gasta en auxiliar su fragilidad, más sutil es su conciencia de decadencia. Al mismo tiempo, su habilidad para cuidarse solos se ha marchitado, junto con la desaparición de los arreglos sociales que les permitían ejercer la autonomía. Los ancianos son un ejemplo de la especialización de la pobreza que puede provocar la sobreespecialización de servicios. Los viejos en los Estados Unidos son sólo un ejemplo extremo del sufrimiento promovido por la privación a alto costo. Habiendo aprendido a identificar la vejez con la enfermedad, han desarrollado necesidades económicas ilimitadas con el fin de pagar interminables tratamientos, por lo común ineficaces, a menudo degradantes y dolorosos, y que en la mayoría de los casos requieren la reclusión en un ambiente especial

IVAN ILLICH (1976)

Cuando la gente se da cuenta de de dependencia de la industria médica, tiende a quedarse atrapada en la creencia de que adicción es ya irremediable. Teme una vida de enfermedad sin médico igual que se sentiría inmovilizada sin un automóvil o un autobús. En ese estado mental habla de la necesidad de la protección al consumidor y busca consuelo en los políticos que frenarán la arbitrariedad de los productos médicos. La necesidad de tal autoprotección es obvia, los peligros implícitos son oscuros. La triste verdad para los abogados del consumidor es que ni el control de los costos ni el de la calidad garantizan que la actividad de los médicos según las normas actuales, beneficiará a la salud

IVAN ILLICH (1976)

La familia que prescinde de un automóvil para mudarse a un departamento en Manhattan puede prever la forma en que la sustitución de la gasolina por la renta afectará su tiempo disponible; pero la persona que, al serle diagnosticado un cáncer, elige una operación antes que una parranda en las Bahamas, ignora qué efecto tendrá su elección sobre el tiempo de gracia que le queda. La economía de la salud es una disciplina curiosa, una reminiscencia de la teología de indulgencias que floreció antes de Lutero. Puede calcularse lo que colectan los frailes, ver los templos que construyen, tomar parte en las liturgias en que se regodean, pero sólo es posible imaginarse qué efectos ejerce el tráfico en amnistías para el purgatorio sobre el alma después de la muerte. Los modelos ideados para explicar la aquiescencia de los contribuyentes a pagar facturas médicas cada vez más altas constituyen análogas conjeturas escolásticas acerca de la nueva iglesia de la medicina que va extendiéndose por todo el mundo

IVAN ILLICH (1976)

Los individuos heredan una provisión inicial que puede aumentar invirtiendo en capitalización de salud mediante la adquisición de asistencia médica o por medio de la buena alimentación y la buena vivienda. El ‘tiempo de salud’ es un artículo que tiene demanda por dos razones. Como mercancía de consumo, entra directamente en la función utilitaria del individuo; además la gente habitualmente prefiere estar sana y no enferma. También ingresa en el mercado como mercancía de inversión. En esta función, el ‘tiempo de salud’ determina la cantidad de tiempo que puede gastar un individuo en el trabajo y en el juego, en ganar dinero y en divertirse. El ‘tiempo de salud’ del individuo puede verse así como un indicador decisivo de su valor como productor para la sociedad

IVAN ILLICH (1976)

La protección al consumidor se convierte (…) rápidamente en una cruzada para transformar personas independientes en clientes a toda costa

IVAN ILLICH (1976)

Toda clase de dependencia se convierte de inmediato en obstáculo para la asistencia autónoma mutua, para afrontar la enfermedad, adaptarse a ella y curarse; peor aún, se convierte en un artículo por medio del cual se impide que la gente transforme las condiciones que la enferma en el trabajo y en el hogar. El control sobre el aspecto de producción del complejo médico sólo puede actuar para mejorar la salud si provoca por lo menos una reducción muy considerable de su rendimiento total, y no simplemente mejoras técnicas de los artículos que ofrecen

IVAN ILLICH (1976)

La libertad de actuar sin restricción gubernamental abarca un campo más amplio que los derechos civiles que el estado pueda promulgar para garantizar que la gente tendrá poderes iguales para obtener ciertos bienes o servicios

IVAN ILLICH (1976)

Las libertades del autodidacta se verán restringidas en una sociedad sobreeducada igual que la libertad de asistencia a la salud puede extinguirse a causa de la sobremedicalización. Cualquier sector de la economía puede expandirse de tal manera que las libertades se anulen en áreas de niveles más costosos de igualdad

IVAN ILLICH (1976)

La medicina organizada ha cesado prácticamente de ser el arte de curar lo curable, y la consolación de los desesperados se ha convertido en un grotesco sacerdocio preocupado por la salvación y la llegado a ser una ley en sí misma. Las políticas que prometen al público algún control sobre la empresa médica tienen a pasar por alto el hecho de que para lograr su propósito deben controlar una iglesia, no una industria

IVAN ILLICH (1976)

El hospital sólo refleja la economía laboral de una sociedad de alta tecnología: especialización transnacional en la cumbre, burocracia en el medio, y abajo, un subproletariado constituido por inmigrantes y por el cliente profesionalizado

IVAN ILLICH (1976)

La multiplicación de especialistas paraprofesionales reduce aún más lo que el que diagnostica hace por la persona que busca su ayuda, mientras la multiplicación de auxiliares generales tiende a reducir lo que la gente sin certificados puede hacer por los demás y por sí misma

IVAN ILLICH (1976)

El control lego sobre una tecnocracia médica en expansión no deja de asemejarse a la profesionalización del paciente: ambos refuerzan el poder médico y aumentan su efecto de nocebo. Mientras el público acepte que el monopolio profesional asigne el papel de enfermo, no podrá controlar las ocultas jerarquías de la salud que multiplican el número de pacientes

IVAN ILLICH (1976)

En su esfuerzo de ciencia aplicada, la profesión médica ha dejado en gran medida de perseguir los objetivos de una asociación de artesanos que aplican la tradición, la destreza, el saber y la intuición, y ha llegado a desempeñar una función reservada para los ministros de la religión utilizando principios científicos como teología y tecnólogos como acólitos. Como empresa, la medicina actual se preocupa poco por el arte empírico de curar lo curable y mucho más por la salvación racional de la humanidad de los ataques de la enfermedad, de las cadenas de la invalidez e incluso de la necesidad de morir. Al transformar el arte en ciencia, el cuerpo médico ha perdido los rasgos de un gremio de artesanos que aplican reglas establecidas para orientar a los maestros de un arte práctico en beneficio de personas realmente enfermas. Se ha convertido en un partido ortodoxo de administradores burocráticos que aplican principios y métodos científicos a categorías enteras de casos médicos. En otras palabras, la clínica se ha vuelto un laboratorio. Al postular resultados previsibles sin tener en consideración el desempeño humano del enfermo y su integración a su propio grupo social, el médico moderno ha asumido la postura tradicional del charlatán

IVAN ILLICH (1976)

Como miembro de la profesión médica el doctor individual es parte inextricable de un equipo científico. El experimento es el método de la ciencia, y las fichas que el médico lleva- le guste o no- son parte de los datos para una empresa científica. Cada tratamiento es una repetición más de un experimento con una probabilidad de éxito definida estadísticamente. Como en cualquier operación que constituye una aplicación genuina de la ciencia, el fracaso en la medicina científica se atribuye a alguna forma de ignorancia; conocimiento insuficiente de las leyes aplicables a la situación experimental particular, falta de competencia personal en la aplicación de métodos y principios por parte del experimentador, esquiva que es el paciente mismo. Obviamente, cuanto mejor está controlado el paciente, más previsible será el resultado sobre una base poblacional, más eficaz parecerá ser la organización. Los tecnócratas de la medicina tienden a promover los intereses de la ciencia más que las necesidades de la sociedad. Los profesionales constituyen corporativamente una burocracia de investigación. Su responsabilidad primordial es hacia la ciencia en abstracto o, en forma nebulosa, hacia su profesión. La responsabilidad personal por el cliente particular se ha diluido en un vago sentimiento de poder que se extiende sobre todas las tareas y los clientes de todos los colegas. La ciencia médica aplicada por científicos médicos proporciona el tratamiento correcto, independientemente de que sus resultados sean una cura, una muerte o ninguna reacción por parte del paciente. Se le da legitimidad mediante cuadros estadísticos que predicen esos tres resultados con cierta frecuencia. En un caso concreto, el médico individual podría tal vez recordar que debe a la naturaleza y al paciente tanta gratitud como el paciente le debe a él cuando ha tenido buen éxito ejerciendo su arte. Pero sólo un alto de tolerancia para la disonancia cognositiva le permitirá cumplir los papeles divergentes del que cura y del científico

IVAN ILLICH (1976)

En general, los hombres son más el producto de su ambiente que de su dotación genética. La industrialización está distorsionando rápidamente este ambiente. Aunque hasta ahora el hombre ha mostrado una capacidad de adaptación extraordinaria, él ha sobrevivido con niveles muy altos de colapsos subletas. Dubos teme que la humanidad será capaz de adaptarse a las tensiones de la segunda revolución industrial y de la sobrepoblación, como ha sobrevivido a hambrunas, pestes y guerras en el pasado. Habla con temor de esta clase de supervivencia porque la adaptabilidad, que es una ventaja para la supervivencia, también es un fuerte inconveniente: las causas más comunes de enfermedad son las demandas exigentes de adaptación. El sistema de asistencia a la salud, sin preocupación alguna por los sentimientos de la gente ni por su salud, se ha concentrado simplemente en la planificación de sistemas que reducen al mínimo los colapsos

IVAN ILLICH (1976)

¿En qué momento el médico se convierte en un cómplice no ético de un ambiente destructivo?

IVAN ILLICH (1976)

Mucho sufrimiento ha sido siempre obra del hombre mismo. La historia es un largo catálogo de esclavitud y explotación, contado habitualmente en las epopeyas de conquistadores o contado en las elegías de las víctimas. La guerra estuvo en las entrañas de este cuento, guerra y pillaje, hambre y peste que vinieron inmediatamente después. Pero no fue sino hasta los tiempos modernos que los efectos secundarios no deseables, materiales, sociales y psicológicos de las llamadas empresas pacíficas empezaron a competir en poder destructivo, con la guerra

IVAN ILLICH (1976)

(…) La naturaleza y el vecino son sólo dos de las tres fronteras con las que debe habérselas el hombre. Siempre se ha reconocido un tercer frente en el que puede amenazar el destino. Para mantener su viabilidad el hombre debe también sobrevivir a sus sueños que el mito ha modelado y controlado. Ahora la sociedad debe desarrollar programas para hacer frente a los deseos irracionales de sus miembros más dotados. Hasta la fecha, el mito ha cumplido la función de poner límites a la materialización de sus sueños de codicia, de envidia y de crimen. El mito ha dado seguridad al hombre común que está a salvo en esta tercera frontera si se mantiene dentro de sus límites. El mito ha garantizado el desastre para esos pocos que tratan de sobrepasar a los dioses. El hombre común pereció por dolencia o por violencia. Únicamente el rebelde contra la condición humana cae presa de Némesis, la envidia de los dioses

IVAN ILLICH (1976)

La crisis contemporánea de la sociedad industrial no puede ser comprendida sin hacer distinción entre la agresión intencionalmente explotadora de una clase contra otra y la inevitable predestinación a la ruina en cualquier intento desproporcionado para transformar la condición humana: nuestro predicamento no puede ser comprendido sin hacer distinción entre la violencia creada por el hombre y la envidia destructora del cosmos; entre la servidumbre del hombre al hombre y el avasallamiento del hombre a sus dioses que por supuesto son sus instrumentos. Némesis no puede ser reducida a un problema que sea de la competencia de ingenieros o de dirigentes políticos.

IVAN ILLICH (1977)










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